Cuando todo lo imprescindible se convierte en un lujo

GALICIA

PEPA LOSADA

Reportaje Un jubilado de Ourol reside en una vivienda sin electricidad por la que paga un alquiler mensual de nueve euros

07 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Manuel Chao podría moverse por su casa con los ojos cerrados sin ningún problema. Lleva viviendo en ella los 75 años que está a punto de cumplir con un breve paréntesis de 14 meses que pasó en Burgos durante el ya lejano servicio militar. Nació en la solitaria casa del lugar de Candelo, a un par de kilómetros de Ourol (Lugo) y allí piensa morir; cuanto más tarde, mejor. En plena sierra de O Xistral, el lugar más umbrío de Galicia, la casa de Manuel no se ve por la mañana desde la carretera que discurre a menos de cien metros. La tapan un buen montón de bidueiros y la niebla. Ninguna luz la alumbra porque el edificio tiene una singularidad: es uno de los pocos de Galicia donde aún no llega la red eléctrica. Esa característica ha convertido a Manuel en una celebridad en el pueblo. Hace menos de un año, unos técnicos de la Xunta visitaron la casa para ver cómo resolver la situación y, entre unas cosas y otras, Manuel contó que se desplazaba algún kilómetro para ver el programa de Os Tonechos en casa de unos vecinos. El comentario le valió que los propios Tonechos le regalaran un generador para que pudiera verlos en su casa. Así que, con el chiste y el reportaje, Manuel se hizo muy popular en Ourol. Pero el generador duerme el sueño de los justos y Manuel apenas ha variado su vida: «A gasolina é moi cara, ben o sabe vostede», se justifica cuando dice que hace más de un mes que no lo enciende. Más de un mes sin que alumbre la solitaria bombilla colgada de la pieza que hace de comedor y cocina, completamente ennegrecida por las miles y miles de hogueras que prendieron en la lareira de Manuel. El generador tampoco trajo una nevera al hogar de Manuel, que sigue comiendo más o menos al día: «En inverno, os alimentos aínda resisten un día ou dous, pero en verán hai que comelos no día». Pescado cada dos semanas, carne con más frecuencia. La leche se conserva en un tetrabrik guardado en una alacena; de una viga cuelgan un jamón y un par de chorizos: en la piedra que hace de fregadero bajo el único grifo de toda la casa, dos vasos sujetan un estropajo y la tele reposa sobre la mesa tapada con unas mantas que no se levantaban desde hacía semanas. La cocina la alumbra una pequeña ventana, la única en toda la planta Caballos y gatos La vida de Manuel cambió desde hace algo más de un mes. Le ha salido un bulto en la cara que tiene que ir a curarse cada día. Y ha perdido un poco de humor. Hace unos meses cuidaba de unos caballos de su propiedad que ha tenido que malvender. «Xa non podía mantelos», dice mientras se le caen las lágrimas: «Eran toda a compañía que tiña». Ahora le quedan unos gatos que campan por la vivienda como Pedro por su casa. Manuel se acuesta con la noche. Cuando la luz natural se va, él sube las cuatro escaleras que dan acceso al cuarto y se mete en cama. El año pasado le regalaron una manta nueva -«é como se tivese calefacción»- y así va tirando. Una bombona de butano da servicio a la cocina, donde calienta el agua para bañarse porque en la lareira se le estropean las potas. El resto de las necesidades sanitarias las resuelve por el primitivo sistema silvestre. Hace once años que vive solo, aunque la casa, de alquiler, ya la rentaron sus padres cuando cerca de allí las caravanas cambiaban de caballos en el recorrido entre Viveiro y Lugo. Pero el tiempo ha pasado: sus hermanos se fueron marchando y sus padres muriendo hasta que sólo quedó él en esta vivienda por la que paga nueve euros al mes. Mientras lo cuenta, le sobreviene una reflexión espontánea: «En tantos anos penso que xa teño tanto dereito como o amo», pero luego apostilla: «Para min non ten dúbida, que é moi boa persoa». A mediodía el sol empieza a calentar el lugar donde ya no hay huerta ni cultivos («Antes tiña unhas patacas, pero cobrábanme moito polo tractor e, ademais, xa non podo traballalas»); sólo la vieja casa de piedra, oscura por fuera y por dentro en la que sobrevive Manuel Chao. ¿Y la electricidad? Le dijeron que lo más adecuado para su caso serían unos paneles de energía solar: «Dixéronme que custaban un millón e pico»; de pesetas, claro, pero desde entonces no ha vuelto a saber nada. El tendido pasa a menos de un kilómetro por un lugar tan lejano que separa el siglo XIX del XXI.