Poco o nada sabemos de uno de los colectivos de inmigrantes más emprendedores y tranquilos que hay en la comunidad: los chinos.
02 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Sus particularidades culturales y su discreción parecen haberles hecho más daño que bien, pues circulan alrededor de ellos todo tipo de leyendas que se desvanecen en cuanto se les trata. Nadie habla mal de los chinos que residen en Galicia. Quienes les alquilan los locales dicen que pagan puntualmente y no dan problemas, en las cámaras de comercio aseguran que cumplen rigurosamente con todo lo que se les exige, los dueños de los pisos en que residen destacan su disciplina y puntualidad en el pago... Sin embargo, entre la comunidad china y la gallega se abre un abismo que, a la luz de lo anterior, resulta inexplicable y que se adorna con todo tipo de mitos y leyendas. Hemos intentado resolverlo hablando con ellos, los grandes desconocidos, un colectivo hermético y endogámico, pero aun así educadísimo y sonriente. Luci es la primera con la que contactamos. Vino del sur del país hace años ya que aquí trabajaba su padre. Ahora ha montado su propio negocio y está casada con un compatriota; tiene un niño que apenas anda. Le preguntamos cómo es un día normal en su vida, y se sorprende: «Como el de cualquiera: me levanto, trabajo, como, trabajo, por la noche llego a casa, veo la televisión y duermo». ¿Qué hace con el niño?, queremos saber: «lo cuida una señora, yo no puedo, trabajando aquí». Primera sorpresa que después vamos a ratificar: como en las familias chinas trabajan todos, a los niños los atienden personas contratadas, nada que ver con nuestras ingenierías horarias de guarderías y abuelas. Seguimos indagando con Luci, que, amable pero concisa, nos contesta a todo: «Y el fin de semana, ¿qué haces?». «Poco, el fin de semana es muy aburrido. Aquí, si no te gusta ir a los bares, no tienes mucho que hacer». Realmente, a los chinos casi nunca se les ve por la calle; sí se pueden encontrar colectivos de árabes o de sudamericanos, pero pocas veces se tropieza uno con una familia de chinos de paseo tranquilamente. Con cierta maldad, la entrevista sigue hacia el trabajo de los domingos: «¿Los domingos también trabajas?». «No ?responde con tanta sinceridad que nos remuerde la conciencia?, ni los domingos ni los festivos; hay algunos que sí lo hacen, pero con la nueva ley no podemos». Un diez, correcta y rápida en la respuesta (véase el apartado sobre horarios comerciales). Llegamos a la adaptación: el clima, el paseo con el cativo, la comida... «El clima es parecido al nuestro, aunque en China llueve menos», «paseamos con el niño, claro», pero «también estamos muchas veces tumbados en el sofá, descansando». Quedarse aquí La entrevista se está terminando porque la tienda de Luci es un goteo de gente, con grupos de señoras que pasan a echar un vistazo, clientes que van a tiro fijo y alguna que otra compatriota de visita, a lo que hay que sumar las consultas de la empleada. Ella no da muestras de querer que nos marchemos, pero tampoco se trata de abusar. «¿Quieres volver a China?»: Luci duda y después de aclarar que no le hablamos de una visita para ver a la familia, ya sabe qué responder: «No, aquí estoy bien, tengo mi negocio... Si voy a China tendría que abrir un negocio y empezar de nuevo». Ante la pregunta de si es muy diferente tener un comercio en uno u otro punto del globo, sale la Luci empresaria: «Aquí estamos muy bien, la gente es muy buena, pero tenemos el problema de los ladrones. Nos roban mucho, y aquí no se les hace nada. Yo no digo romperles un brazo, pero sí darles un golpe para que aprendan. En China, si robas algo tienes que pagar diez veces su precio, y hacerlo en el momento. Aquí se les trata demasiado bien a los ladrones. Un día estuve con mi prima en comisaría denunciando un robo y mientras nosotras seguíamos con los papeles, el ladrón quedó libre. Eso no está bien». La pregunta es casi obligada: «¿En China no hay ladrones?». Y la respuesta, inmediata: «¡Uy, muchos menos!». Los periodistas piensan un momento en explicarle a Luci eso de las garantías jurídicas y la protección que todos merecemos del Estado, pero resulta muy complicado y en parte cualquiera le da la razón ?palizas al margen? a Luci. La segunda parada en este periplo por la China gallega nos lleva junto a un matrimonio joven que tiene otro comercio: Xiaoying Ruan y su marido Yang Xiongwen. Ella, de aspecto delicado y casi infantil, nos cuenta que llevan cuatro años en España, la mayor parte en A Coruña, y que tienen tres hijos; y es que aunque la imagen de Xiaoying es la de una adolescente, tiene 32 años y una niña de doce. A la mayor se le suman dos hermanos españoles, de dos años y nueve meses. Trabajan mucho pero son felices, porque regentan un negocio que va bien ?«ahora vendemos menos, tal vez porque somos muchos», dice? y la familia se ha adaptado. La mayor está perfectamente integrada en el colegio y destaca en matemáticas; los pequeños sobre todo enredan. Xiaoying se encuentra bien en España, pero quiere volver a su tierra; aquí viene a hacer dinero y en cuanto consiga lo suficiente volverá para quedarse en su casa. De hecho, a Xiaoying le cuesta mucho comunicarse en castellano y cuando le preguntamos su nombre, busca la correspondencia de los bancos para que la copiemos, y para eso está unos minutos dudando entre su dirección y su nombre. Resultó imposible saber cómo se llamaba su hijo pequeño, una preciosidad que sentía una mezcla de atracción y odio hacia la cámara de fotos. Junto a los anteriores, para este reportaje hablamos con otros chinos, pero esta vez sin fotógrafo. Estuvimos con Mai, una niña de 12 años que habla castellano como Tarzán y que vive y estudia en A Coruña. Es muy curiosa y en clase los profesores la adoran porque se esfuerza muchísimo por aprender, y de hecho en matemáticas despunta con respecto al resto. Lleva casi dos años en España y, aunque tiene buena relación en clase, nunca se la ve con otras compañeras por la calle. Tiene una hermana mayor y siempre van juntas al colegio. Es la tónica general: los niños chinos van siempre con sus hermanos y son reacios a subirse al coche de otro compañero o a pararse mucho tiempo con él. A Mai, como a su hermana, le encanta la comida española, pero apenas la prueba porque su madre no sabe hacer casi nada, por lo que debe conformarse con las visitas esporádicas a algún restaurante. Ni bares ni fútbol También es asiático Wei, un hombre de edad indefinida (imposible acertar en este punto) que no está cómodo hablando con una mujer, por muy periodista que sea. Responde amablemente a las cuestiones personales ?tiene tres hijos, de entre 16 y 1 años? y asegura que en España se encuentra bien. Sobre por qué no se relaciona con otros españoles, matiza: «En el trabajo sí tenemos relación con los españoles, buena relación, pero en casa nosotros somos una gran familia. Venimos muchos del mismo pueblo y nos reunimos. Ustedes hacen cosas muy diferentes a nosotros». ¿Cuáles? Ver los partidos de fútbol y estar en los bares, por ejemplo. ¿Y cómo es trabajar con esta gente, el contacto directo con ellos? Vanessa, española empleada por chinos, lo explica: «Yo estoy muy contenta ?dice?, si no, no llevaría aquí tres años». ¿Algún problema? «En absoluto, claro que mi jefa lleva 17 años en España y nos conoce muy bien». Con los nuevos que pasan por el negocio hay menos comunicación, pero en general se mantiene la buena voluntad: «Son trabajadores y muy discretos». Después de tantas charlas, uno tiene la impresión de conocerlos un poco mejor: vienen en grupos, desde el otro extremo del mundo y dispuestos a ganar la mayor cantidad de dinero en el mínimo tiempo; cómo nos vamos a extrañar que no necesiten relacionarse con nosotros como colectivo. Sólo cuando las culturas se fusionen en parejas mixtas ?no tardarán muchos años? podremos conocer algo más de esta gente de la lejana sonrisa.