LOS DISEÑOS que Agustín Ibarrola, pintor de piedras y bosques, soñó en el parque de O Rexo, en Allariz, sirvieron de inspiración. No hay forma humana de disimular la presencia de las descomunales torres eólicas que poco a poco se adueñan de las cimas gallegas, cuyas cumbres metálicas se elevan hasta superar los ochenta metros de altura. En Alemania han intentado atacar estéticamente las bases de sus aerogeneradores, dotándolas de círculos verdes que, a medida que ascienden, pierden intensidad cromática. El resultado sugiere que los enormes molinos hunden sus raíces en la misma tierra. En Grecia, una empresa ha teñido sus estructuras de color arena, idéntico al que define la cordillera sobre la que se yerguen. Una reinterpretación del clásico camuflaje. En Xermade, el parque experimental de Sotavento luce motivos quijotescos desde hace un par de años. La historia que ayer comenzó en el Xiabre, el monte que domina la ría de Arousa, es muy distinta. Es la primera vez que alguien somete un parque eólico a un tratamiento artístico integral. No existen precedentes de algo semejante en ninguna parte, explica orgulloso Benito Fernández, consejero delegado de Engasa -«sociedade cen por cen galega», añade- desde el pie que inaugura un conjunto de 24 colosos, a instalar en tres fases sucesivas. La dimensión onírica corre a cargo de los pinceles de Xurxo Alonso, un creador vilagarciano que acostumbra a vincular pintura y literatura en recorridos a menudo conceptuales. Alonso suele contar una historia a través del material que surge de sus manos y su imaginación. Y ha vuelto a suceder. Retomando el hallazgo del tesoro celta de Caldas de Reis -descubierto en los años cuarenta del siglo pasado, muy cerca del Xiabre, parte de sus elementos acabaron en una forja antes de que el Museo de Pontevedra lo recuperase para el patrimonio galaico- el autor fabula con un hipotético fotógrafo que hubiese retratado las piezas perdidas antes de su desaparición. Obtiene, así, once torres vinculadas con diferentes elementos simbólicos del más brumoso pasado del país -fíbulas, cabalos, caza, pesca, mel, metais, tecidos- con la esperanza de que el viento los haga resonar tras un océano de tiempo.