PESE AL calor sofocante de estos días, bajo los árboles de la huerta que Santiago Sande posee frente al Hospital Clínico de Santiago se respira frescor. Su finca es el único espacio verde en medio de un monte muerto, negro tras el paso arrasador del fuego. Vista desde el aire, parece un milagro que la finca no fuese pasto de las llamas el pasado 5 de agosto, cuando fue cercada completamente por el fuego. Una limpieza preventiva, los bomberos y 175.000 litros de agua la salvaron. El fuego llegó hasta el muro que la rodea, pero sólo alcanzó las copas de un par de pinos. El resto de la finca se salvó milagrosamente. Desde entonces aparece como un oasis verde en medio de la nada. Santiago Sande recuerda que las llamas se acercaron a su casa ?«ya se veía venir»? y fue «a las cinco cuando llegaron a los árboles más próximos». Los bomberos «se emplearon a fondo, aquí se ganaron el sueldo; los de la Xunta también se esforzaron lo suyo y sólo puedo tener palabras de agradecimiento». Entre las cinco de la tarde y «más o menos las nueve y media de la noche se gastaron 4.000 litros de agua del depósito, se agotó el pozo y el registro de agua de la traída marca 175 metros cúbicos; además del agua que traían los bomberos». El pozo se empieza a recuperar, dice Santiago, pero «estuvo seco una semana». «Yo limpié unos diez metros de monte alrededor de mi finca», previsión que fue determinante para que las llamas no saltaran el muro de hormigón que levantó cuando otro incendio afectó a esa zona de árboles frutales. Ahora, ocho años después, los manzanos y perales están cargados de frutos, y otros frutales están a punto de florecer. Hasta la parra aguantó la embestida del calor y sus uvas están listas para la vendimia.