LA ROTONDA es un invento francés. Más ricos desde casi siempre, sus carreteras se atascaron mucho antes que las nuestras. Cuando aquí todavía se ponían semáforos, allí ya los quitaban. Nadie que no domine las rotondas entra en París. Un octogenario de nombre Antonio, que sólo por necesidad se desplaza de su aldea a la capital, salió por el sitio equivocado de una glorieta del periférico de Santiago hace medio mes. Recorrió cuatro kilómetros en dirección contraria. Sólo paró cuando uno de los conductores con los que se cruzó perdió el control del vehículo y le bloqueó el paso. Ninguno de los radares que se trajo el jueves a Galicia Rubalcaba frenará a Antonio cuando vuelva a desorientarse en una rotonda. Ha renovado varias veces su carné de conducir pasando por una consulta en la que le miran poco más que la córnea y el pulso, sin ninguna revisión a su formación viaria que, a la vista de esos cuatro kilómetros en dirección contraria, ha quedado desfasada en la era de las rotondas. Al menos, siempre conocerá el código que él estudió mejor que la mayoría de los que pilotan los minicoches que proliferan por las carreteras rurales de Galicia, para cuya conducción se exige formación cero. La ausencia de la más mínima renovación de conocimientos a los conductores es una tara en comunidades dramáticamente envejecidas como Galicia. Sin embargo, el plan de choque de Rubalcaba en el único territorio en el que los accidentes crecen en vez de descender con el nuevo carné por puntos sólo computa radares y etilómetros. Las medidas coercitivas poseen un efecto disuasorio relativo. Actúan sobre los síntomas, pero no atacan la causa: la ausencia de educación vial en la infancia y la adolescencia, y de formación continua en la madurez. La dispersión territorial que genera un flujo propio de desplazamientos en automóvil por pistas y carreteras secundarias en Galicia -sea para ir a la farmacia, a tomar un quinto a la taberna o para regresar a casa tras una noche de marcha- es irremediable. Las curvas acabarán estando mejor peraltadas, las vías rápidas algún día serán autovías, pero el flujo interior de este país disperso como ningún otro continuará. A pesar de que todos en Galicia conocemos a alguien, más o menos próximo, que falleció en un accidente de tráfico, la educación vial continúa siendo esporádica, no está reglada, ni se fomenta con empuje desde una clase política que, por encima, se lamenta del coste económico de los accidentes de tráfico. Rubalcaba vino a Galicia y dio una vuelta a la rotonda del drama social. Con no sé cuántos radares más que trajo consigo, el ministro se ha quedado lejos de aportar una salida para un país de tráfico disperso y desordenado.