Las garras del tráfico


MIRANDO a Galicia y a tantos lugares parece como si el tráfico tuviera garras, negras garras dispuestas a cebarse en vidas jóvenes al filo de las noches de los fines de semana. Esta especie de accidente es ya como una historia interminable. Estamos como estábamos, frente a un gran daño social precedido de tragedias familiares, y el último fin de semana (cuatro jóvenes muertos y seis heridos graves) es palmaria muestra. Estamos ante un mal que abruma y que requiere proporcionados remedios. Y su reiteración lleva a deducir que junto al suceso hay connotaciones que conforman un complejo ambiente capaz de propiciar el desastre final.¿Qué hacer? Educar, sin duda. Antes para vivir en comunidad, después para conducir vehículos. Un largo proceso para conocer, desarrollar y dirigir el instinto de sociabilidad inherente a la persona, que ha de comenzar en la familia, afirmarse en la escuela y rendir sus frutos en el cuerpo social. Valores cuya vigencia es más que dudosa. No es sencillo, pero siendo el usuario del tráfico un ser moral, así hay que tratarlo, a menos que optemos por extremos como vigilar cada metro de carretera o restringir el derecho constitucional de libre circulación.

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