Casi gallega por amor

Marta Valiña CARBALLO

GALICIA

J. M. CASAL

Margarita Sánchez Uscamaita Con sólo 18 años, cruzó el Atlántico y se instaló con su marido en Vimianzo, donde, asegura, se siente muy querida por todos los que la rodean

06 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

La historia de Margarita Sánchez Uscamaita parece sacada de un cuento. Nació hace 20 años en Lima y a los 18, terminada la secundaria y los estudios de informática, pensó en dejar la capital peruana para trasladarse a Suiza, donde residía una de sus tías, para estudiar francés. El amor, sin embargo, le cambió la vida, los planes y el rumbo. Hace dos años, las flechas de Cupido le alcanzaron el corazón y, como consecuencia, cruzó el Atlántico, recorrió más de 9.200 kilómetros y se quedó a vivir, confía en que «para siempre», en Carnés, un pequeño pueblo de Vimianzo (A Coruña). Para entender su periplo hay que remontarse a principios del 2003. En ese año, como en los cuentos, comenzó su «Érase una vez». Una de sus mejores amigas, Isabel Pasión, se enamoró vía Internet de un hombre que vivía en Carnés. Tras varios meses de chateo , correos y llamadas, Isabel y su novio, Daniel Martínez, decidieron casarse en Lima. Y allá se fue Daniel, acompañado por su hermano Roberto Carlos. Dicen que de una boda sale otra, y como esta historia es casi un cuento, el refrán también se cumplió. Roberto se convirtió en el príncipe azul de Margarita porque, asegura ella, se gustaron «nada más verse». Él se quedó cinco meses en Perú y en noviembre del 2003 decidieron casarse y, poco después, venirse para España. Cuando han pasado dos años desde el comienzo de esa historia, Margarita ya se siente española y, de hecho, casi lo es, ya que, con toda probabilidad, recibirá la nacionalidad el próximo año. Mientras tanto, asegura que se ha adaptado «muy bien», que gracias a los cursos de aeróbic municipales ha hecho «un montón de buenas amigas» y que, a «fuerza de práctica», habla gallego «bastante bien», aunque le da vergüenza que la gente se sorprenda cuando la oye hablar, con dominio, la lengua de su marido. Doble morriña Como es lógico, echa de menos a su familia, a la que ya ha visitado en dos ocasiones y confía en traerla pronto de vacaciones para que comprueben que es «inmensamente feliz en España». Asegura que no le gustaría vivir en otro sitio que no sea Vimianzo: «Estuvimos recientemente en Madrid, visitando la SIMO, y la ciudad no me gustó. Prefiero Galicia. Aquí se vive muy bien porque es muy tranquilo». Tanto le gusta que ya sabe lo que es la doble morriña: «Cuando estoy aquí echo de menos Lima, la familia y la comida, sobre todo, pero cuando estoy en Perú, añoro Vimianzo». Margarita ama a un vimiancés y en Vimianzo, dice, la quieren. Ella lo siente y asegura que en dos años ha hecho «muchas y muy buenas amigas», amén de un montón de clientes que, al principio, no daban crédito a que una extranjera fuese la dueña de un negocio. «Al principio -explica-, mucha gente insistía en preguntarme por mi jefa, pero ahora todo el mundo sabe quién soy y a qué me dedico, así que, poco a poco, tengo que dar menos explicaciones». Una historia de cuento que Margarita resume con tres palabras: «Soy muy feliz».