En fila hacia el limbo

LOIS BLANCO

GALICIA

M. A.

EL LIMBO está a punto de esfumarse.

03 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Una comisión teológica del Vaticano ha tardado siete años en llegar a la conclusión de que no existe ese lugar para los difuntos que no deben alcanzar el cielo y tampoco sufrir condenación. Es de agradecer su desaparición. Sobre todo, porque sólo una conciencia cruel puede sostener que algo tan inocente como un recién nacido llega al mundo con un pecado original que le cierra las puertas del cielo. Muchas generaciones de gallegos fueron atemorizadas con que sus hijos irían al limbo si no corrían a bautizarlos y lavarles pecados que las criaturas no podía haber cometido. Serían condenados light, confinados en un lugar incierto de difícil ubicación, porque al menos el cielo se sabía que estaba arriba, y el infierno, abajo. Pero el limbo, ¿dónde quedaba? Los teólogos han resuelto el problema liquidando el limbo, pero ese espacio indefinido no desaparecerá tan pronto como metáfora de permanecer en cuarentena. Por ejemplo, dormitan en el limbo la mitad de los ministros de Zapatero. Empezando por la de Educación, ninguneada en la negociación con los padres, los docentes y los partidos para modificar el proyecto de la LOU. Fue sustituida por Rubalcaba. La educación también permanece en el limbo. Sometida a un puñado de reformas, se avecina otra con el mismo pecado; ser una ley sin el consenso que necesita, salvo que Rajoy tenga la altura de miras de la que presume. Al margen de los contenidos, el sistema es un barullo tal en este momento que, a la mínima, los padres castigan a los profesores que castigan a sus hijos, denunciándolos ante la opinión pública, tal cual fueran maltratadores. Ocurrió esta semana en A Veiga (Ourense). Los padres del colegio desautorizaron públicamente a los docentes ante sus alumnos, quienes habían sido castigados a pasarse el recreo en fila por alborotar en el comedor. Quizá no tuvieron malas intenciones, pero su denuncia representa un síntoma de cómo los docentes están sometidos a constantes pérdidas de autoridad. No importa que suspendan a sus alumnos, porque pasan al siguiente curso. Y no importa que los chavales se comporten como les venga en gana, porque imponer la más mínima disciplina supone enfrentarse a padres y psicólogos que teorizan sobre los supuestos peligros de anularles la personalidad o traumatizar a los niños. Aunque el limbo católico se esfume, la educación en este país permanece en un estado incierto.