Una taberna mora «do país»

Nacho Mirás Fole SANTIAGO

GALICIA

PACO RODRÍGUEZ

Hace año y medio contaba su sueño de poner en marcha un café teatro; hoy intenta mantener intacta la esencia de una taberna de tazas en Santiago

25 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

El Calpe es el típico bar de tazas de Santiago: una taza, 35 céntimos, la tapa es gratis; vino bueno, de ese que dicen los viejos que «arde nun candil»; tazas blancas e impolutas; y jarras de esas que se llaman palomitas; codos en la barra; máquina tragaperras y, si se tercia, un alalá en el aire si hubiera buenas voces para cantarlo. Galicia retratada. ¿Seguro? Situado en pleno casco viejo, en una calle angosta y escondida a un paso de la compostelana rúa da Senra, un tipo con poco pelo sirve vino gallego como Perico Chicote servía copas de vino español; con un trapo frota la barra y, si cuadra, se echa una carcajada lo mismo que pronuncia un sonoro «¡Carallo!» o te coloca un cupón de la ONCE. Pero este barman no se llama Benito, ni Celso, ni Manolo. Se llama Mohamed Azibou el Hemam, el Moja para los amigos o el Moro para quien lo diga con el corazón limpio. Hace un año y medio, Moja salía en esta misma página, la que habla de los nuevos gallegos que lo son porque aquí viven y aquí se buscan la vida como el que más (ver La Voz de Galicia del 6 de junio del 2004). Moja, miembro del grupo Tricomía, soñaba entonces con montar un café teatro en Pontevedra, pero la vida ha ido por otros derroteros que han hecho de este emprendedor un moro «do país». Con la taza de hoy toca caldo gallego, delicioso. Moja cuenta que le había echado el ojo al Calpe de Santiago hace años: «De repente, me di cuenta de que se están acabando los bares de tazas, las tascas de toda la vida, y me entró nostalgia hacia esos rincones de hace años». Parece que hablara uno nacido en la misma Choupana, pero no, es un marroquí que lleva dieciocho años en España y cuya familia sigue allá, al otro lado del Estrecho. «Como se me acababa el trabajo -continúa- tenía que buscarme la vida y como tenía la idea del café teatro, acabé en la tasca». Coincidió que la persona que llevaba el Calpe se jubilaba, así que no se lo pensó y lo alquiló junto con Felisa, su chica. Si a otro cualquiera se le hubiera ocurrido montar, por ejemplo, un kebab de esos que tanto proliferan en las ciudades, Moja apostó por mantener la esencia del Calpe y su identidad puramente nacional de Galicia, incluidas las tazas y las tapas. -¿Y qué cara se le quedó a la parroquia al descubrir que el que pone ahora las tazas es un marroquí? -La gente flipaba. Decían: «¡O moro vendendo tazas!» Pero estoy muy satisfecho, se acostumbraron. Viene la clientela de siempre y también gente joven. Yo creo que están contentos.