La tragedia que no cesa

GALICIA

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20 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

TODA la carga de destrucción que parece llevar dentro de sí el desarrollo del tráfico muestra su dimensión en la accidentalidad de la pasada semana, no sólo en cifra de muertos, sino, más significativamente, en el hecho de que dos sucesos en los que se vieron implicados turismos se saldaron con nueve muertos. Es precisa una gran violencia para llegar a ese balance y resulta desesperanzador que las tragedias en La Almolda (Zaragoza) y Montejo (Salamanca) tengan origen en el uso inadecuado del vehículo, y no en circunstancias relacionadas con la fuerza mayor. Los comportamientos contra la norma son manifiestos en uno y otro suceso. Es cierto que los inventos humanos, como las innovaciones tecnológicas, tienen dos facetas: la que ofrece y la que amenaza, y algo de esto ocurre con el coche. Se advierte sin cesar a la ciudadanía de los riesgos del tráfico y se suceden una tras otra acciones divulgativas en los medios, avisando de las acciones u omisiones conformantes de peligro. Sin embargo, nos cuesta aceptar la importancia de las cautelas y menospreciamos la potencial trascendencia de las negligencias. Es más fácil y consolador invocar fatalismos que admitir la propia culpa como raíz de tanto desastre. ¿Cuándo cambiaremos la inseguridad vial por la relativa seguridad que pueda alcanzarse? Tal vez cuando valoremos el alcance de la obediencia a las normas dictadas para ordenar el tráfico. Sus preceptos no son arbitrarios, sirven al bien común. Decía Augusto Comte que «el hábito de la obediencia es la primera condición del orden humano».