Las dos evoluciones del ser humano

LOIS BLANCO

GALICIA

PARA MUCHAS religiones antiguas la vida es un círculo. Ciclos esféricos que se cierran en el punto del que partieron.

30 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

El autonómico de Fraga empieza y acaba en el número 38. Ganó en 1989 con esa cifra de diputados, conoció la gloria y dieciséis años después perdió frente a unos rivales que suman 38 escaños. Se cerró el círculo. La próxima semana comenzará el ciclo de Touriño. Como es más fiable la historia que la futurología, mejor echar un vistazo al pasado que barruntar lo que ha de pasar. Touriño llega a la Xunta impulsado por el efecto Zapatero y el cansancio del fraguismo, pero antes cruzó la travesía del desierto y sobrevivió, a pesar de las apariciones de Vázquez, de Príncipe y de otros disfrazados de belcebúes. Cuando cayó de la Secretaría de Estado de Obras Públicas, a mediados de los noventa, se convirtió en un profesor universitario habitual de la ronda por la Rúa do Vilar. Su paso; a veces triste, a veces anónimo. Eran los tiempos del derrumbe del felipismo y de las navajas que siempre se desenfundan tras disfrutar largos periodos en el poder (tome nota el PP). Por entonces, el socialismo en el Parlamento de Galicia no tenía que pedir reservado en los restaurantes. En 1997 sólo sumaba trece diputados abatidos. Hace siete años, en el inicio de la era Aznar, Touriño disputó con Miguel Cortizo, ahora embajador en las américas, el mando de una federación gallega en crisis de un PSOE casi en como en toda España. Tenía enemigos en casa y era ninguneado por Fraga y Beiras en el Parlamento. Aún así, aguantó el terremoto de las generales del 2000, cuando el aznarismo barrió Galicia con unas cerdas tan tupidas que ni Fraga alcanzó jamás iguales cotas de respaldo electoral. Como si se hubiese cerrado un ciclo y comenzase otro, Touriño salió del desierto con la victoria de Zapatero sobre Bono en el congreso del PSOE, el empate en escaños con Beiras en las autonómicas del 2001 y la derrota de Rajoy tres días después del atentado del 11-M. El tránsito desde el desamparo de los noventa hasta la Xunta ha supuesto en Touriño una evolución estética que salta a la vista y distorsiona la otra. La de la madurez política con la que accede al puesto. Por eso, y a pesar de una pésima colocación de los pronombres cuando habla gallego, está por ver quién mete los goles en el nuevo Gobierno y llena el zurrón de votos. Si el joven y populista vicepresidente, quien de mozo ya fuera tentado por el Elche para jugar de delantero centro, o el sobrio Touriño, tantas veces picajoso. Cuidado, no conviene precipitarse con la primera impresión. La madurez siempre es sabia.