En la huerta de Antonina margaritas lilas despiertan al sol, como prueba de que hay primavera tras el invierno. La vida de esta mujer tiene un nombre: tesón.
08 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Edi, su sobrino, asoma su pequeña cabeza tras la puerta varias veces, intrigado por la visita de la periodista. Desde el salón, frente a las fotos de una Antonina jovencísima y bella, recién casada con Paulo Lopes, se vislumbra un cielo de azul profundo. Un día maravilloso. Ideal para entrar en las profundidades del alma y en los recovecos del corazón. El de ella ha latido a miles de revoluciones muchas veces, para hacer frente a todos los obstáculos y salvarlos. Mientras su sobrino de cinco años se dispone a desayunar, ella rememora el primer amanecer del primer día de su nueva vida: «Cando levantei a persiana, todo era verde». Un 23 de julio de hace casi 27 años. Tenía 24. «Me preguntaba a señora da pensión se quería desaiunar... ¿Que era 'desaiunar'?, pensaba». Siguió los pasos de su marido. A pocos meses de casarse, él emigró primero a Portugal, en 1971 y, aunque en mitad del periplo regresó a Cabo Verde, volvió. A Mariña le recibió, ya en Galicia, para trabajar en la construcción de Alúmina Aluminio, y en el mar después, tras haber probado suerte en la construcción en el País Vasco. En su tierra quedaban una casa propia que aún conservan y un oficio de marinero, pero escasas opciones de «mellorar». Aquí las hallaron y ganaron a pulso. Hoy Paulo está retirado. Fueron de los primeros caboverdianos en llegar a la costa lucense, concretamente a una parroquia como la de Cangas, en Foz: «Eramos a novidade, miraban para ti e aos nenos -que ya nacieron en Galicia- tocábanlles a cara pensando que manchaban». Muchos llaman a Antonina a negra, y no parece molestarle. Depende del tono de las palabras, matiza. «Agora son outra máis do pobo», apostilla. Sus hijos, Mónica e Iván, son gallegos: «Non coñecen Cabo Verde, gustaríame levalos». Ella hizo Comercio y Márketing y trabaja en Lugo. Él está en el instituto y tiene ganas de volar solo. Pero podría decirse que Antonina es madre tres veces. Recogió a un sobrino que vivía en Portugal con su padre: «Dixo o meu home: onde comen dous, comen tres». El acento de Edi enamora. Es gallego 100%. ¿Y qué encontró ella en Cangas?: «Todo. Todo o mundo me tratou ben. ¡Teño uns veciños...! Apoiáronme de todas as formas: económica, moral e físicamente. Se che digo a verdade, se marchara daquí íame doer máis que cando me fun de Cabo Verde». Su casa, propia, es naranja. Destaca en el barrio de A Gralleira. Al principio de su historia gallega, su «hogar» era una habitación con derecho a cocina. Con todo, siempre han vivido «felices», incluso los días sin «un céntimo». Antonina nunca se sintió rechazada, aunque percibe, en general, «que hai un racismo máis económico que polo color da pel». Su hija se casará en junio con un gallego. Cuando tenga nietos, dice riendo, «¡serán café con leite!»... Y la esperanza de un mundo mejor.