Pesadilla española en Bolivia

GALICIA

Francisco Javier Villanueva lleva casi un año en una cárcel boliviana acusado de un crimen que confesó bajo tortura y que asegura que no cometió

08 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Francisco Javier Villanueva de Martino, de 28 años, cuenta compulsivamente los días desde que en abril del pasado año tres hombres le sacaron del restaurante que regentaba en Bolivia, lo esposaron y lo llevaron a comisaria sin más explicaciones. «Han pasado diez meses y diez días», relata en voz baja en conversación con La Voz de Galicia desde la prisión de Palmasola (Santa Cruz), con el miedo a que los guardias descubran que habla con un periodista. Con cautela extrema y con la interrupción obligada por la llamada de los agentes para pasar lista, recobra el hilo de su historia, una pesadilla de la que no ha empezado a despertarse. «Tenían la necesidad imperiosa de encontrar un culpable, de arrestar a alguien para esclarecer un hecho que se les ha ido de las manos y con ramificaciones políticas que se quieren encubrir», explica Javier en una frase que machaca para remarcar su inocencia. Pero, ¿cómo un español fue a parar a un penal boliviano? La historia comienza el 29 de febrero del 2004 con el asesinato de la fiscal antidroga Mónica von Borries, detrás de la que se cree, algo que tampoco se ha podido probar, que está la mano de Marco Marino Diodato, ex jefe de las Fuerzas Especiales del Ejército de Bolivia, sobrino político del ex dictador Hugo Bánzer y condenado a diez años de cárcel por un presunto delito de narcotráfico, aunque ahora está huido. Diodato mantenía una amistad con el español, al que conoció por el jugador de fútbol y socio de Villanueva Marco Etcheverry. Éste fue, según Javier, su único pecado. «Lo conozco -asegura-, pero es una relación única y exclusivamente amistosa, ni siquiera es una amistad entrañable». Para los agentes que lo secuestraron en su restaurante, Diablos Sport Bar, la prueba era más que suficiente y para obtener una confesión recurrieron a una sesión de tortura de seis horas, práctica que denunció Amnistía Internacional. «Lo primero que te hacen es esposarte con las manos en la espalda -relata Villanueva- meterte una cuerda en medio y colgarte por ahí para que se te deshagan las muñecas. Luego te pegan por todas las partes, me metieron bolsas de plástico en la cabeza para asfixiarme con gas y me practicaron descargas eléctricas en los genitales y en los brazos. Recibí golpes por todo el cuerpo, menos en la cara, para que no se viera ninguna marca». En estas condiciones, Javier acabó confesando, aunque matiza que «yo nunca confesé mi culpabilidad, lo único que hice fue hacer la declaración que ellos querían que hiciera. Estaba hasta dispuesto a decir que era Bin Laden y que atenté contra las Torres Gemelas». El momento de flaqueza llegó cuando lo estaban asfixiando con una bolsa de plástico. «Ví como una luz blanca y creí que ya me iba de esta vida, pero les pude escuchar que si me quería librar levantara el pie derecho. Y lo hice». El vídeo de su declaración fue exhibido impúdicamente en la televisión boliviana. Pero a Javier, que pasó sus primeros cinco meses durmiendo en el suelo y sin condiciones higiénicas, lo inculpa algo más que su amistad con Diodato, la confesión de otro de los detenidos, el brasileño Ricardo Borba, que lo incriminó. Sin embargo, Borba se retractó de este testimonio, que le extrajeron bajo tortura. «Querían un cabeza de turco y yo era el ideal, un español, sin familia en el país y sin nadie que lo defendiera, pero se equivocaron», dice Javier. Su padre, Francisco Javier Villanueva Martínez, es la prueba de la equivocación, ya que lleva un año moviéndose entre los hilos de la diplomacia española para conseguir la liberación de su hijo, o lograr un juicio justo. Dentro de unos días se entrevistará con el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Pese a que ha obtenido el apoyo de la diplomacia española, se muestra cauto. «Desmontar la acusación en un país tambaleante como Bolivia, con gran inseguridad jurídica, ciudadana y del Gobierno, es complicadísimo. Estamos desesperados», asegura. «Me dicen que si confieso -apunta el hijo- me impondrán una pena menor, pero sin torturas no lo pienso hacer porque yo no he cometido ningún crimen». Entrentanto, se consuela en la cárcel con los mensajes de apoyo que recibe desde España.