El mundo a los cuatro vientos Antonio Rey Pereira, nacido en Bueu, es el único gallego de los Niños de la Guerra que queda en Rusia. Fue protagonista de una época dura y casi olvidada.
22 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Hace casi setenta años, en los primeros momentos de la Guerra Civil española, miles de niños de la zona republicana fueron embarcados en los puertos del norte con dirección, sobre todo, a Rusia. Iban por unas semanas y echaron años, o una vida. Los llamaron los Niños de la Guerra. Vascos y asturianos nutrieron la mayor parte del contingente de unos 3.000 chavales, pero también había gallegos: tres de Pontevedra, cuatro de A Coruña o uno de Lugo, según los archivos de Manuel Arce, presidente de la Fundación Nostalgia, que vela por que la memoria histórica no muera. Hace un mes, esa memoria revivió. El Gobierno subió la pensión anual de los Niños (ninguno baja de los 70 años) de 1.400 a 6.900 euros. Inmenso alivio para quien recibe ayudas escasas del Estado ruso. En todo el mundo, hay 543 beneficiarios. La mitad sobrevive en Rusia. Sólo uno es gallego. Dos veces al año Se llama Antonio Rey Pereira, nació en Bueu-Pontevedra y tiene 74 años. Reside en Krasnodar, la más sureña república rusa, turística, caucásica, bañada por el Mar Negro. A 1.800 kilómetros de Moscú, un día y dos noches en tren, viaje que cuesta 3.400 rublos, que se dan por bien empleados porque Antonio sólo acude a la capital dos veces al año para cobrar su paga. Que ahora se ha multiplicado, lo mismo que su estado de ánimo. Sobre todo, porque ya podrá irse con su mujer, muy enferma del riñón y a la que dedica toda su vida, a un buen hospital. Antonio saluda al teléfono: «Son galego e entendo o galego». Pero habla mejor en castellano, bañado en un denso acento oriental. Llegó a Rusia en el 37, con apenas 6 años. Nacido en Bueu, tenía familia en Asturias y hasta allí lo llevó su madre junto a sus tres hermanos. Un mal día lo embarcaron hacia Leningrado desde el puerto de Gijón. «Hasta hoy día no sé cómo pasó aquello. No preguntaron. Me cogieron, a un hermano, dos años mayor que moriría ahogado en Moscú, y a mí. Ahí empezó mi vida». En Rusia, lejos de todo lo que conocía, en una de las Casas de Niños. Iban por unos días. Pero se quedó. «He estado cinco veces en España, la última, en 1980. Volví a Bueu, de cuyo mar me acordaba con mucha nostalgia. Allí aún tengo alguna familia, pero no mantengo contacto. Una hermana es monja en Lisboa». Hasta los 18 años estuvo en la capital rusa, después le tocó irse a trabajar a Krasnodar, se casó con una oficinista y se estableció como mecánico de tractores y automóviles. Tuvieron dos hijos. No quiere hablar en exceso de su pasado, dice que ha sido una «vida terrible, muy dura». La huella de la partida aún no ha cicatrizado. Curiosamente, en la misma y lejana región vive otro gallego, Federico Doval del Río, nacido en Vilagarcía de Arousa hace 82 años, establecido en Krasnodar en el 54, hasta donde llegó con la División Azul. Enemigos en otro tiempo, hoy se llevan bien. De los 3.000 emigrantes , la mayoría murieron o regresaron. Julio pudo hacerlo, pero su nueva vida le atrapó más. Sí volvió, en el 57, el matrimonio formado por José Luis Ortega (81 años), ingeniero agrónomo, y Rosario García (80). Son de Bilbao, pero desde que volvieron viven en Vigo. En su recuerdo siguen vivas las imágenes rusas, aunque, al contrario que Julio, no lo recuerda con dureza, «salvo la segunda guerra mundial, porque aquello fue tremendo». Unos y otros, protagonistas a su pesar.