Del refugio nuclear al climático

LOIS BLANCO

GALICIA

JENS TRENKLER

LOS AMERICANOS que se habían construido un refugio nuclear, con reservas para treinta meses en latas de sardinas, eran la envidia mundial en los sesenta.

19 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

La futurología había decretado que el final se avecinaba a caballo de las bombas atómicas. Sólo los propietarios de búnqueres sellados se podrían salvar de las radiaciones. En cambio, aquí estamos, al menos de momento. La vocación apocalíptica de los humanos viene de lejos; basta con leer la Biblia. Las profecías fallidas de la Edad Media se sustituyeron por la guerra nuclear, la conquista marciana, el colapso de los recursos ante la multiplicación de bocas o el impacto de un asteroide como el que, se supone, barrió a los dinosaurios. El nuevo ángel exterminador que nos llevará por delante es el calentamiento del planeta. El polo norte se descongelará y el mar se comerá la tierra, que para entonces ya se habrá achicharrado, según dicen. La ministra Cristina Narbona se ha destapado como la ninfa española del oráculo apocalíptico. El día de la entrada en vigor del Tratado de Kioto, el terror se apoderó de los españoles porque el cambio climático ya había llegado. Un informe científico contratado por el Gobierno vaticina que, al final del siglo, las temperaturas habrán aumentado hasta ocho grados por el efecto invernadero de emisiones nocivas a la atmósfera. En el principio del fin, a Galicia empezará poniéndosele un clima tropical, en el que se darán mejor los maracuyá que los grelos. Los gallegos sabrosones serán una raza efímera, porque luego se reconvertirán en tuarégs; con arena por hierba y camellos por vacas. El fervor de Narbona por desatar el pánico apocalíptico sólo se comprende en quien pretende disimular los perjuicios económicos para España del acuerdo de Kioto. Las empresas españolas tendrán que desmantelar industrias que generan dióxido de carbono o comprar derechos de emisión en otros países. Por ejemplo, a los dos más poderosos de Europa. Alemania, que clausuró en los últimos diez años las industrias del este porque eran inseguras e ineficientes, y Francia, que produce el 70% de su energía con reactores nucleares, tienen derecho a aumentar sus emisiones en la primera fase de Kioto. El dióxido de carbono es como el tabaco; todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que resulta dañino. Pero atribuir a la reducción de emisiones que fija Kioto la salvación eterna es un camelo. Además de que por cada fábrica desmontada se habrán vendido en el mundo diez millones de tubos de escape en otros tantos automóviles, sobre un clima que siempre ha sido cambiante influyen tantos elementos que actuar en uno sólo de ellos supone perder el tiempo (Philip Stott, profesor emérito de la Universidad de Londres). El discurso sobre el calentamiento de la tierra pierde fuelle cuando Narbona emula a Ronald Reagan. Ella dice que va a salvarnos del cambio climático; él decía del Imperio del Mal. Nombre copiado del Apocalipsis de Juan. Porque eso de meter miedo al personal viene de antiguo.