VEINTITRÉS años de nacionalismo han alimentado la autoestima de la política catalana con consignas de medio pelo. Maragall es un sucesor tuerto del pujolismo, pero con aquél comparte idéntica soflama: «Catalunya. Som els mellors».
12 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.O sea, los demás somos los peores. Los listos y los parvos, vaya. Por ese agudo complejo de inferioridad que el catalanismo colabora en fomentar entre los otros para sobrevivir, a los gallegos nos sentó como un tiro que el president equiparase el socavón del barrio del Carmel al chapapote del Prestige. «¡Non home non!», «¡Ti que vas comparar!»,... Galicia al completo entonó lamentos con la cadencia de una muiñeira tristona. Transcurrida una semana de la equivalencia maragaliana, debe admitirse el error. Maragall acertó de pleno. El Gobierno tripartito ha gestionado la crisis del agujero en el barrio del Carmel con pareja brillantez a la de Aznar en los primeros meses de la historia del naufragio de un petrolero abollado y oxidado, del que se sabe casi todo salvo el nombre del dueño al que reclamarle los daños por la visita. Al agujero se le puso el mismo nombre que antes a las Torres Gemelas y a Muxía: Zona Cero. Nadie en Cataluña asume responsabilidades políticas. Tampoco se quiere admitir que algo se estaba haciendo mal cuando el trasnochado Madrid ya había prohibido en 1998 por poco fiable el sistema de construcción utilizado para el metro de Barcelona. ¿Qué será, por cierto, de aquel Cascos que jamás asumió el error que supuso subir el petrolero hasta Estaca de Bares y luego bajarlo hasta enfrente de las Cíes? El Parlamento catalán no tiene nada que investigar, ni ninguna comisión que constituir aunque lo reclame la oposición. Aquí este asunto ha sido incluso peor, sólo de pensarlo salen coloretes por vergüenza ajena. ¿Y quién les iba a decir a Aznar y a Fraga que Maragall y su consejero jefe, Bargalló, acabarían padeciendo la misma obsesión por minimizar el desastre, hasta que se les va de madre? Las equivalencias entre dos accidentes de repercusiones colosalmente distintas no pueden ser perfectas. Por las playas gallegas venía Arias Cañete al octavo día con un diagnóstico boreal: «No es una marea negra, sólo manchas dispersas». En Cataluña son más sutiles. Prohibieron el acceso libre de los fotógrafos y de las cámaras al Carmel y a los hoteles con los vecinos realojados. La información la ofrecería la Generalitat cuando considerase que había hechos noticiables. ¡Manda carallo! Como la Agencia Tass de Moscú durante la Guerra Fría o como las falsas verdades de Bush en aras de la «seguridad nacional». Por fortuna, el muro que levantó la Generalitat para tapiar un socavón en la Barcelona de la gente corriente se hundió el jueves por la presión social. Los Mossos D'esquadra ya no impiden el paso al Carmel. Bargalló salió a disculparse a disgusto, como si su perverso propósito fuera equivalente a la trastada de un niño que se ensucia con Nocilla. El socavón no estaba en el programa del Fórum. En el manual para brillantes gestores no se incluye que pinchen en la hora punta. El barrio del Carmel se recuperará, como aquí antes las playas y los percebes. Pero quedará un agujero en la pancarta chauvinista de la política catalana. Una oquedad a través de la que se ve que los mejores no están sólo en un lado y los peores en otro. Porque los listos no nacen todos en el mismo sitio y los parvos, tampoco.