El mundo a los cuatro vientos Campanella y Darín, las grandes estrellas del cine argentino actual, muestran la imnesa impronta galaica del sur del Gran Buenos Aires, la zona más castigada por la crisis
12 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.En plena edad de oro, el cine argentino rinde tributo al que, en competencia con lo italiano, representa el principal componente de la identidad nacional del país austral, lo gallego. Lo hace a través de sus dos grandes estrellas, el director y guionista Juan José Campanella y el actor Ricardo Darín. Como escenario, el corazón de la galleguidad porteña, Avellaneda, el antaño próspero cinturón industrial de Buenos Aires, convertido desde hace años en el paradigma de la brutal destrucción del país de la Plata, la nación que ejerció la mayor atracción sobre esos cientos de miles de gallegos que salieron a buscar el pan que no tenían en casa con sus maletas de cartón, cargadas de una tozudez, astucia y laboriosidad irreductibles, bañadas en una morriña insuperable. En Luna de Avellaneda, la película que todavía puede verse en algunos cines gallegos, el papel de uno de esos héroes, trasplantados a 10.000 kilómetros de su casa, tan al sur que los belenes se montan en veraniega manga corta, lo representa el veterano actor madrileño José Luis Vázquez, quien da vida magistralmente a don Aquiles. En la oleada de conmovedores relatos fílmicos argentinos, alimentados por el impulso creativo de la crisis, lo gallego se asomaba tangencialmente, confundido con lo español en general. Ya en 1992, José Sacristán interpretó en la soberbia Un lugar en el mundo a un español llamado Hans, hijo de un aviador de la Legión Cóndor, a quien Federico Luppi llamaba «gaita», según el más clásico sinómino de gallego y español en Argentina. A finales de los 90, lo galaico aparecía muy residualmente en El hijo de la novia, la cinta que otorgó fama mundial a Darín y Campanella, al igual que a Eduardo Blanco, quien también actúa en Luna de Avellaneda. En El Hijo de la Novia, la residencia en la que vivía Norma Aleandro se llamaba Alborada. Y en Nueve Reinas, un resumen de la estafa nacional argentina, uno de los tunantes es un «gallego», tal vez de Madrid. En Luna de Avellaneda no hay lugar a dudas sobre si los gallegos son auténticos. La historia, del presente, gira en torno a los avatares en plena crisis económica y social de un club recreativo fundado por tres emigrantes, y no deja de hacer referencia también al éxodo del retorno a España. Como explica en la película López Vázquez, arribaron a Buenos Aires sabiendo hablar «sólo en gallego». Muiñeira versus sevillana Al comienzo del film, Aquiles aparece de joven, recién llegado de Galicia. En el 2003, este gallego, cuya exacta procedencia geográfica no se especifica, protesta dulcemente porque en un festival del club se bailan sevillanas. «No podría ser una muiñeira o una jota», ruega el personaje que interpreta López Vázquez. Don Aquiles, como su club, «Luna de Avellaneda», como la Argentina próspera, transita por el final de sus días, allí, en el sur de Gran Buenos Aires, más allá de la Boca, el enclave italiano. Avellaneda fue durante mucho tiempo uno de los municipios del mundo con más personas nacidas en Galicia. Hoy es, sin duda, el que cuenta con más gallegos sumidos en la miseria, una tragedia tras una vida de esfuerzos que no sirvió para zafarse de esa crisis brutal que, pese a ir lentamente a menos, no deja de resultar lacerante. Campanella conduce su cámara por la angustia de la Avellaneda posindustrial de ahora, devastada durante los Gobiernos de Menem. El paisaje encoje el alma a cualquier gallego. Uno se imagina las ideales áreas residenciales de clase media baja que retratan las películas norteamericanas y choca de bruces con el deterioro que devolvió al hambre a los compatriotas que huyeron de la miserable posguerra. El clímax gallego de Luna de Avellaneda llega en la muerte de don Aquiles, que quiere ver la luna. Darín se la fabrica con una sábana y una lámpara. Apenas se le entiende, pero Aquiles le canta a la «lúa».