El mundo a los cuatro vientos Autoridades de Estados Unidos y México quieren tapar la boca a los narcocorridos, género musical en auge que ensalza la vida y obra de los capos del narcotráfico
06 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Los corridos mexicanos se cuentan con los azucarillos de un café. Lo que ahora triunfa de verdad es el narcocorrido. De aquellas piezas acompañadas de acordeones y trompetas que cantaban al amor se pasó a estas otras que recurren descaradamente a las hazañas de los narcotraficantes que operan a un lado y otro de la frontera entre México y Estados Unidos. Son letras que alaban sin sonrojarse a los principales capos de los carteles de la droga. Sirve un ejemplo: Me buscan por chacalosa, soy hija de un traficante / Conozco bien las movidas me crié entre la mafia grande / De la mejor mercancía me enseñó a vender mi padre (...). Letras como ésta o peores han puesto de uñas a las autoridades, convencidas de que esas canciones no son más que apología del narcotráfico. Por eso, en Estados Unidos, la Comisión Federal de Comunicaciones se puso campanuda y tomó medidas contra numerosas emisoras hispanohablantes, mientras que no pocos políticos mexicanos han telefoneado a todas las emisoras de radio para rogarles a sus directores que dejen de emitir este tipo de canciones. Mercado millonario ¿Lo han conseguido? En algunos casos sí. En la mayoría, ni por asomo, porque este género abarrota estadios, vende millones de discos y mueve las caderas y las conciencias de miles de jóvenes. Sólo en Estados Unidos, ese mercado alcanza cifras anuales de 300 millones de euros. Y el último álbum de los Tigres del Norte vendió unas 500.000 copias solamente en ese país. Mientras los que mandan se han propuesto poner un esparadrapo en la boca a Los Tucanes de Tijuana, Los Dorados, El Plebe de Sinaloa, El Coyote de Xalisco o a Los Tigres del Norte -los más afamados-, en México se han estrenado dos corridos que son obras maestras del género. Su excelencia musical no se queda en el mero alarde instrumental, sino que remueve las más ruines emociones de los jóvenes latinos. Una de ellas promociona a un viejo narcotraficante aquejado por un brote de moral; la otra, las miserias que los emigrantes mexicanos padecen en Estados Unidos. La primera dice así: Quiero darles un consejo / A todita la plebada / Este negocio no es bueno / Es una bomba activada / Pero si le entran me avisan / Ahí tengo yerba clavada. El estribillo de la segunda es así: Porque somos los mojados / Siempre nos busca la ley/Porque estamos ilegales / Y no hablamos el inglés / El gringo terco a sacarnos / Y nosotros a volver (...). Protagonistas Son dos sencillas canciones que sirven de ejemplo al resto. La temática siempre es la misma. Y lo peor es que a los narcos, protagonistas de esas letras, les entusiasma estar en boca, por ejemplo, de los Tigres del Norte. Les gusta que les hurguen en las recámaras donde esconden sus bajezas. Son exhibicionistas que disfrutan alardeando de sus lacras. A los narcos les encanta y divierte ser protagonistas de unas canciones escuchadas diariamente por millones de personas. Que han matado a tres, perfecto para una balada; que han matado a diez, pues mejor, más forjada estará la leyenda. Es tan truculenta la filosofía de los narcocorridos que Elijah Wald, un ex guitarrista de blues que ha escrito un libro sobre el tema, lo explica así: «Lo primero que un narcotraficante suele hacer luego de una operación exitosa es contratar a alguien para que le escriba un narcocorrido sobre su hazaña». En varios estados de México se han hecho propuestas legislativas para prohibir los narcocorridos. En algunos se han aprobado. Y en algunas radios, la autocensura ha llevado a suspender la transmisión de este tipo de canciones. Parece ser que es más fácil combatir la música que el narcotráfico.