VOLVEMOS HOY sobre las causas por las que Galicia -con mas énfasis tres de sus cuatro provincias- padece con singular dureza frecuencia de accidentes con implicación de peatones, en mayor grado aquellos que sobrepasan los 60 o 65 años. En ocasiones anteriores enumeramos distintos factores generadores de atropellos; hoy nos detenemos, con la brevedad que impone este espacio, en uno de notoria importancia. En el inventario de carreteras españolas de 1993 (MOPU) se considera la red gallega en una extensión de 32.730 kilómetros. Siendo evidente que después de ese año nuestro sistema viario ha mejorado, es cierto que entonces el 87,7% de nuestros caminos tenía anchuras inferiores a 7 metros y que el 72,4% tenía menos de 5 metros de ancho. Los progresos son evidentes, pero subsisten graves deficiencias si de peatones se trata. La carencia de arcenes y la invasión de calzadas por la vegetación hacen una aventura del tránsito de caminantes. Estremece pensar en lo que puede ocurrir -y así se explican muchos accidentes- cuando coincide el cruce de dos vehículos con la marcha de un peatón; y no añadamos a tal situación la nocturnidad, el defectuoso alumbrado de un vehículo, la lluvia y otros agravantes como los que se concitan en no pocas ocasiones. Por lo demás, sería de tener en cuenta el dato de un excelente estudio demográfico de M. Vilariño, cuando destaca la «gran movilidad» de siempre de la población gallega, su ancestral tendencia a autoabastecerse «sin absoluta necesidad de desplazarse». El gallego viaja¿ y camina; cuando no emplea cautelas pierde la vida.