Una de Cal y otra de harina

GALICIA

CAPOTILLO

El mundo a los cuatro vientos La familia del flamante campeón olímpico, que comparte su temple de acero, contempló la final sin dejar de despachar barras en su panadería de Vilariño

27 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

«Cangas, cidade olímpica». Así, con una pancarta que escorrenta tapujos y falsas modestias, recibe Cangas a los visitantes en los prolegómenos de los tres minutos decisivos del piragüismo gallego. Son las 7.15 de la mañana. El auditorio municipal abre sus puertas cuando ni siquiera el sol asoma entre las bateas. El pueblo se ha citado para comprobar si la fortaleza de David Cal Figueroa es suficiente como para dar a Galicia todo un campeón olímpico. Alfonso aparca su furgoneta a toda mecha. No quiere perderse ni un detalle. Normal. Ha visto crecer a David, es su tío, y explota, junto a su mujer, Charo, y los padres del palista, la panadería familiar de Vilariño, parroquia de Hío, ojo, no de Aldán. «Veño con tempo para ver aquí a carreira, logo teño que ir a Vigo a repartir oitocentos chuchos de pan a dous barcos que van para o Gran Sol». Un centenar de espectadores, tirando por arriba se dan cita allí. Si el equipo de fútbol del lugar se jugase la promoción a Regional Preferente, habría riesgo de derrumbamiento, colapsos de tráfico y crisis de ansiedad. Pero así es este deporte, duro hasta para crear afición. El alcalde Sotelo, que es vecino de los Cal, promete un recibimiento por todo lo alto pase lo que pase. Para los tres, porque Teresa Portela y Carlos Pérez también cuentan. «Coidado co alemán» La prueba se dispara. El de Vilariño mete distancia. A los 500 metros el auditorio es un manojo de nervios. Sólo quedan 200 metros, «coidado co alemán». Final con saltos, gritos, lágrimas y una canoa de ventaja. Sobrado. Alfonso y el alcalde casi ruedan por el suelo. David es un tipo tranquilo. Su hermana Paula lo condensa en una palabra: «Aplomado». La familia no se queda atrás. En Atenas estará sucediendo lo que sea, pero aquí, en Vilariño, toca trabajar como todos los días. Salvo Miguel, el padre, que se ha ido a casa para contemplar la final sin caer presa de los nervios. El resto de los Cal devoran las imágenes de un pequeño televisor en la propia panadería. 15 pulgadas de historia. María José, la madre, no puede reprimir una risa sincera, cuando su hijo recibe la medalla de oro. «Así, meu rei, que feliz está o meu fillo, que cara de alegría ten, campeón olímpico, si señor». En su rostro puede leerse el orgullo y la idea de que ciertos fulanos del ramo, los mismos que amargaron al campeón hasta situarlo al borde de abandonarlo todo hace unos años, tendrán que tragar sapos y culebras y convertirse en aduladores de nuevo cuño. La abuela Rogelia acompaña el ritmo del himno con palmadas. «Ten os mesmos ollos do seu avó Domingo, que xa remaba en traíñas e dicía que tiña que ter un neto campeón, moito o animou». Llamadas de teléfono, automóviles y furgonetas sonando en el amanecer, amigos que entran a la carrera en el horno. «A ver que pasa agora cos 500», matiza María José. Para ella, el fenómeno reserva el ramo de flores, como siempre lo ha hecho, y ahora la corona olímpica. El tío Mingos pone el detalle de raza, repartiendo camisetas a los currantes de una obra vecina. No son ni las nueve, y a estas alturas el nombre de David Cal abre todas las peurtas. Conversación real: «O súper está pechado ata as nove e cuarto». «Pero home, é que queriamos dúas botellas de champán, son para a panadería, para brindar, oh». «Ah, sendo así... oes, que pedaso carreira, ¿eh?».