Las colas ante el refugio se han reducido a una cuarta parte, señal de que el estío afloja; nadie quiere esperar al último fin de semana para abrazar al Apóstol
24 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Ahora que se han ido las lluvias pero han venido los vientos parece que también alguien se haya llevado a los peregrinos de la puerta gallega del Camino. Prueba de observación y comparación con la vista hacia atrás: martes, 3 de agosto, 12.45 horas. Frente a la puerta del refugio de O Cebreiro se hacinan más de 80 caminantes, algunos con más de tres horas de espera. Aún no ha abierto el centro y ya se sabe que no habrá sitio para todos. Dos semanas después, día 17, mismo lugar, misma hora, decenas de peregrinos rodean el edificio para lograr una cama, «o un trocito de suelo, por favor», imploran algunos italianos. Agosto era un otoño de lluvias y nadie quería dormir a la intemperie. Hubo días con 310 inscritos. «¿Quién da la vez?», se oía con sorna mientras resultaba imposible adivinar al último de la fila. Ayer, una semana después de aquella situación, a la una de la tarde apenas se contaban diez mochilas y un puñado de peregrinos. Un 75% menos. Había sitio para todos ellos, y para los que vinieran. El bajón ya lo anticipaba la semana pasada la responsable del refugio: «A partir do 21 xa verás como vai descendendo». Hablaba la experiencia y no se equivocaba. Llegan, casi se llena, pero no es un aluvión, es un goteo. Mejor para quien llega y mejor para los voluntarios que colaboran en el albergue y que estaban cansados de tanta masa, tanto desconsiderado, tanto pijigrino. También ellos se han empezado a relajarse. ¿Razones para ese descenso? Simple cuestión temporal: desde O Cebreiro hasta Compostela un peregrino a pie -los que tienen prioridad en los albergues municipales, por delante de jinetes y bicigrinos- cubre el recorrido en cinco o seis días. Es decir, que completaría su trayecto el próximo fin de semana, cuando la mayoría de los vacacionistas están pensando en volver a casa. Por eso cada vez se ven menos caminantes por el pueblo, aunque prosigue el flujo de excursionistas temporales. Ayer las voces de admiración de una excursión de 50 franceses y otros tantos catalanes fueron la única nota alta mientras el pueblo adormecía. Ni Pastor ni Tartán tenían casi a quien ladrar. Dice la misma voz de la experiencia que los primeros días de septiembre se repetirá el bum-bum.