El mundo a los cuatro vientos Los habitantes de Santiago de Cuba asocian la festividad del Apóstol con los carnavales, un reconocimiento popular al legado hispano y de identificación con su figura
16 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Durante generaciones, los habitantes de Santiago de Cuba han asociado la fecha del 25 de julio con la más pintoresca y alegre fiesta que se celebra en esta ciudad caribeña: los carnavales. Quizás muchos de los santiagueros de este siglo XXI ignoren el origen religioso de esta tradición. Pero incluso para los que no conozcan que ése es el día del Apóstol Santiago, el nombre de su ciudad y su condición de santiagueros es motivo de sano orgullo. Esta afirmación la corrobora la persona que quizás conozca mejor que nadie la historia y las tradiciones de la ciudad. Olga Portuondo asegura que el jolgorio de julio de cada año es expresión del reconocimiento natural del santiaguero al legado hispano y de la identificación popular con Santiago Apóstol. No podría ser de otra manera, ya que el santo ha estado ligado desde siempre a la ciudad. Santiago de Cuba fue la segunda villa en América bautizada con este nombre. Cuentan que, en 1515, al llegar el conquistador Diego Velázquez a la bahía del sudeste de la isla Fernandina (ahora Cuba), ese puerto ya era conocido con el nombre de Santiago. La devoción de Velázquez por el Apóstol hizo que designara así a la que sería la capital de su gobierno. Tiempo después, muchos gobernadores y capitanes generales de la isla de Cuba serían a su vez caballeros de la Orden de Santiago. Desde entonces, cada 25 de julio se conmemoraba la fiesta del patrono de la ciudad con una procesión en la que marchaba delante la imagen de Santiago Apóstol junto al Pendón de Castilla. Sin embargo, la devoción religiosa por el santo no calaba muy hondo en el espíritu de los criollos, quizás porque representaba de alguna manera al poder colonial. Pero mientras la imagen estaba expuesta en la catedral, se iniciaba la diversión de los mamarrachos con comparsas donde se combinaba el baile y la música. «Así se fueron creando imperceptiblemente en torno al patrono dos tradiciones imbricadas, una oficial y otra popular», asegura Olga Portuondo. Por otro lado, esos días de fiesta con frecuencia fueron escogidos para manifestar la rebeldía frente al despotismo colonial. Esta paradójica relación de los santiagueros con su santo patrón continuó durante varios siglos. Todavía hoy cualquier santiaguero cuenta la anécdota, verídica o no, de que durante las guerras de independencia estuvo prohibida por parte de la metrópoli cierta imagen de Santiago Matamoros, porque su sombrero recordaba demasiado al de los «mambises» que luchaban por la soberanía de Cuba. Quizás por este motivo esa imagen ecuestre de Santiago se fue convirtiendo poco a poco en un símbolo de identidad que prolifera en los carnavales en distintas formas, entre ellas, la de hombres disfrazados como centauros que bailan al ritmo de una orquestita típica. En las capas de los parranderos, todavía se suele pintar o bordar con lentejuelas a Santiago Apóstol. Según Olga Portuondo, en el siglo XX «la población asumió también en la intimidad el símbolo de Santiago, nunca como ahora será reconocido como el patrono». Aunque la iglesia católica intentó preservar el culto a Santiago el Mayor, otros santos gozan de la preferencia de los devotos, principalmente la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. No obstante, a los ojos de la especialista Olga Portuondo, Santiago Apóstol sigue siendo «un elemento que convoca al reconocimiento de la identidad y de la unidad comunitaria». Es, ahora y desde siempre, parte indisoluble del espíritu de Santiago de Cuba.