El secuestro de los 1.083 días

María Pérez-Pla

GALICIA

Dos jóvenes colombianos fueron liberados por las FARC tras permanecer capturados desde el 2001 en la selva junto a su madre, que continúa en poder de los guerrilleros

30 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Felipe se recuesta en una de las sillas del amplio comedor de su casa en Neiva. Detrás, la vista de esta luminosa ciudad limitada por una pequeña cadena montañosa a 300 kilómetros al sur de Bogotá. En sus ojos se vislumbra el cansancio y algo de rencor. Cuando habla, las palabras brotan pausadas revelando un sinfín de sentimientos contradictorios: «Sólo por el hecho de estar allá, uno está humillado. Sin embargo a uno lo tratan bien, porque es una mercancía que quieren vender». Felipe es el mayor de los hermanos Lozada. Ambos fueron secuestrados el pasado 26 de julio del 2001 cuando miembros de las FARC disfrazados de policías entraron en su lujoso edificio llevándose también a la madre de los jóvenes junto con otros 12 vecinos. Fue el secuestro masivo mejor planeado de la historia de Colombia. Los guerrilleros engañaron a la propia policía para acceder a este sector exclusivo de la ciudad donde sabían que podían sacar una buena tajada. Esa misma noche, seis personas fueron liberadas, probablemente por no ser suficiente botín. Aún quedan retenidas cuatro, incluyendo la madre de los Lozada. Desde ese momento, Felipe y Juan han madurado a «madrazos», según sus propias palabras. Cuando se fueron tenían 17 y 15 años. Hoy, tres años después, aseguran que nunca volverán a ser los mismos: «Allí teníamos dos mudas de ropa de camuflado, estábamos con el mismo pantalón 8 días y la camiseta 3 ó 4, como un guerrillero más. Y pensaba que en la casa tenía 20 pares de tenis¿, pero eso ya no importa. Uno allá, hasta dormía en el suelo, donde fuera». Los hermanos narran cómo en tres años cambiaron de campamento unas 18 veces. Los levantaban a medianoche: «Recojan sus cosas que nos vamos». Y cada uno tenía que cargar con lo suyo horas de caminata a través de la selva, para finalmente volver a montar el campamento y armar la colchoneta y el plástico que los protegía de la lluvia. Custodiados por 20 guerrilleros que rondaban esa misma edad, vivieron durante 1.083 días tratando de manejar sus sentimientos: «Tocaba guardar todo lo que uno sentía porque no se podía mostrar debilidad ante ellos». Aunque también reconocen que tres años con las mismas personas desarrollan cierto vínculo humano: «Se genera una confianza. A veces, hasta reíamos todos juntos. Sin embargo, uno sabía que en cualquier momento lo podían matar». Rutina Ambos coinciden en que lo más duro era la rutina: «Nos levantaban a las 5 de la mañana, desayunábamos caldo con arepa (torta de maíz) y esperábamos la hora del baño. A partir de ahí jugábamos a las cartas, el parchís y hasta contábamos las hojas de los árboles». Durante los primeros 8 meses estuvieron en cautiverio junto con su madre, pero un día se la llevaron y no la han vuelto a ver más: «Cuando nos separaron, nos engañaron. Supuestamente nos íbamos a reunir con ella». El ex senador Jaime Lozada ha sido una de las pocas personas en Colombia que declaró abiertamente haber pagado un rescate: «Durante tres años me mamaron gallo (expresión colombiana que significa tomar el pelo) y hace tres semanas, por fin, llegamos a un acuerdo». Estas declaraciones han levantado ampollas entre políticos y miembros del gobierno, quienes alegan que estos pagos no hacen más que inflar la industria del secuestro. Jaime Lozada y sus tres hijos saben que no podrán pagar rescate por la libertad de su esposa y madre. Las FARC quieren intercambiarla con guerrilleros presos. Fueron liberados hace unos días cuando se encontraron con su tío en el pueblo de Los Pozos. A medida que se acercaban al encuentro con su padre, su tío les decía: «Quedan 50 kilómetros, 49, 10, 1, detrás de esa curva está su padre».