Querido y desconocido hijo...

Guillermo Pardo REDACCIÓN

GALICIA

PRADERO

No tiene empleo ni prestaciones sociales, come sólo una vez al día y hace dieciocho años que no ve a su único descendiente, con quien quiere reunirse.

03 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Tiene nombre de heroína, pero no ha ganado ninguna batalla. Por nombre, podría incluso ser un poema, pero no tiene quien lo pronuncie. Por no tener, Georgina Santos Manuel no tiene casi ni sombra: sólo come una vez al día. Cambió su país por otro cuando era menor de edad, tuvo un hijo, a quien aún no conoce personalmente, con un hombre circunstancial; tuvo muchos empleos y múltiples desengaños, un amor que la maltrató y un empresario que la explotó. Tuvo padres que la quisieron y tiene hermanos que le dan la espalda, tuvo amigos y algunos le fallaron. Ahora sólo tiene deudas y una soledad muy fiel. La mayor de diez hermanos, Georgina Santos llegó a un acuerdo con sus progenitores y se fue, con sólo 16 años, a Lisboa para ganarse la vida y enviar dinero de apoyo a la familia, típica caboverdiana con muchos hijos y grandes dificultades para sobrevivir, pero que pese a sus escasos recursos pudo reunir lo suficiente y pagar el pasaje a su primogénita. Se empleó como doméstica, un oficio que conoce muy bien, en casa de una buena familia lisboeta y cumplió con su parte: dinero ganado, dinero enviado a la familia. En uno de sus viajes de vacaciones a Cabo Verde conoció a un hombre que la hizo madre, responsabilidad que ejerció durante los dos años siguientes. Luego, de nuevo, el exilio forzado por la necesidad. Sola, siempre sola, como ahora. Sobrevive, sin trabajo y sin prestaciones sociales, en un piso de Lugo del que ya debe seis meses de alquiler. -¿Por qué no se trajo a su hijo? -Era muy pequeño y mis padres cuidaban de él. Siempre creí que podría traerlo más tarde. -Pero no fue así. -No, llevo 18 años sin verlo. Hice lo posible porque viniese a España, pero cada vez que enviaba los papeles mis hermanas los dejaban caducar. Mis padres han muerto, el niño está sólo y abandonado, el resto de la familia no se ocupa de él. Cada vez que hablamos por teléfono me dice: 'Madre, por favor, sáqueme de aquí cuanto antes'. El pobre está muy solo, sin amor. Las lágrimas de Georgina Santos son como silenciosas cataratas nacaradas que la ahogan, inasequibles al consuelo. «Desde la muerte de mis padres, hace casi cuatro años, lloro sin parar. Con ellos -asegura-, mi hijo estaba protegido. Ahora no tiene a nadie y yo no puedo traerlo porque no encuentro quien le haga, siquiera, un precontrato de trabajo. Sólo eso. A veces -prosigue- me entra la melancolía y hablo sola mientras miro las fotografías de la familia».