Los nuevos gallegos | Mohamed Mokhtar Ramdan Vivió los rigores de la Marcha Verde de ocupación marroquí, se formó en Cuba y ahora trata de hacerse un hueco en la hospitalaria sociedad ourensana
15 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Mohamed Mokhtar dejó el desierto para sobrevivir mejor. Nómada por tradición, lo es también por necesidad desde que salió de los campamentos argelinos de Tinduf, uno de los cuatro arrabales a que han sido desterrados los saharauis tras la Marcha Verde marroquí y el abandono español del Sáhara Occidental. Como otros muchos compatriotas, se lanzó al mundo con lo puesto y arrastrando el estigma de los desheredados de una tierra en la que la vida es desesperanzadora, porque el saharaui es un pueblo olvidado en un páramo de ardiente arena en el que se malvive gracias a la ayuda internacional. «La situación allí es muy dura, de auténtica supervivencia», relata Mohamed Mokhtar con la mirada absorta, como si mentalmente se hubiese trasladado al asentamiento de tiendas de campaña y casas de adobe en que se refugian los suyos. A veces sueña que pasa la tarde en su país y regresa a España para dormir. Aunque el suyo sea un pueblo olvidado, él no olvida, entre otras cosas porque allí se han quedado sus padres y su esposa, con quien se casó el verano pasado aprovechando una de las visitas que, cuando puede, hace a su gente. -¿Piensa traerlos a España, al menos a su mujer? -Mientras esté sin trabajo, no creo que sea conveniente. Ahora mismo, el único que corre riesgos soy yo; con ella aquí, el riesgo sería doble. Corpulento, de ojos castaños, mirada inocente y bien cuidado castellano, salió de su poblado, con sólo 13 años, para estudiar. En virtud de convenios firmados por el Gobierno saharaui se fue a Cuba, donde hizo secundaria y se diplomó en Técnicas de Estadística de la Salud, carrera que no puede ejercer en España porque no es homologable. Sin embargo, pudo desempeñarla en su tierra, en uno de cuyos hospitales trabajó después de nueve años de estancia caribeña. Durante esa etapa laboral surgió la ocasión de trasladarse a Navarra para ampliar conocimientos y hacer prácticas, lo que aceptó con la esperanza de que, además, pudiese orientar su vida en un país históricamente próximo y de oportunidades. Con esa confianza se fue a Ourense, donde unos parientes lo acogen mientras busca los medios para instalarse por cuenta propia. Las cosas no marchan todo lo bien que esperaba: «Tengo permiso de residencia, pero no contrato de trabajo», afirma mientras desgrana los trámites legales y el nomadismo burocrático a que obliga su resolución. Mohamed Mokhtar no desespera. Se aprecia en su actitud la proverbial paciencia de su pueblo, elevada por la no menos proverbial hospitalidad de los paisanos del gran Curros Enríquez, con quienes se identifica y comparte los sentimientos de angustia y desarraigo inherentes a la emigración, sensaciones que los ourensanos conocen muy bien.