Regresan a Bélgica las dos menores secuestradas por su padre en Irán y que, después de escaparse, permanecieron refugiadas durante cinco meses en la embajada
06 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Su padre, de origen iraní, les dijo que iban a pasar unas vacaciones inolvidables en Grecia. Pero lo que en realidad hizo fue engañar a sus dos hijas, que residían con su madre en Bélgica, para llevárselas retenidas a Irán y cubrirlas con el velo. La historia de Yasmine y Sarah, dos niñas de 15 y 7 años, guarda mucha relación con los secuestros, huidas y refugios diplomáticos que la norteamericana Betty Mahmoody describe en su libro No sin mi hija, aunque, para éstas el calvario acabó ayer felizmente con su regreso a Bruselas. «Ahora me siento verdaderamente liberada», declaró Yasmine, con una amplia sonrisa, ante la multitud de periodistas que la aguardaba en el aeropuerto de Bruselas. «Incluso con mis niñas al lado, me cuesta creer que esto esté ocurriendo», exclamó la madre, Zahra Pourhashemi, una belgo-iraní que viajó con las pequeñas desde Teherán ataviada con un velo azul marino que le cubría el cabello. Entre la multitud se dejó ver el ministro belga de Asuntos Exteriores, Louis Michel, personaje que jugó un papel clave en este conflicto jurídico-diplomático que enfrentó a Bélgica con Irán durante cinco largos meses. Todo empezó en agosto del año pasado. Yasmine y Sarah viajaron a Grecia para pasar unos días de vacaciones con su padre, que acaba de separarse. Cuatro días más tarde, la madre recibe una llamada telefónica en la que le informan que sus hijas, sobre las que mantenía la custodia, según la ley belga, se encontraban en Teherán con la abuela paterna. Fue en ese momento cuando se desató el conflicto internacional. El Tribunal de Lieja, ciudad en la que residía Zahra con sus dos hijas, lanzó una orden internacional de arresto contra el padre de las pequeñas, acusándolo de secuestro. La ley iraní, que en la práctica considera a las mujeres como menores de edad aunque tengan 50 años, reconoce únicamente la potestad del padre sobre las niñas. Pero a los belgas les producía escalofríos el simple hecho de que dos de sus ciudadanas estuvieran condenadas a crecer en un país como Irán, en el que una acusación por blasfemia o adulterio puede acabar en la muerte por lapidación, como le ocurre a 200 mujeres al año. La huida de las niñas, que se refugiaron en la Embajada de Bélgica en Teherán, abrió una nueva perspectiva para el caso, pues el Gobierno belga advirtió que no soltaría a las pequeñas bajo ningún concepto. Los padres de las pequeñas viajaron a La Meca para buscar un acuerdo, mientras ambos países mantuvieron hasta hace cuatro días tensas negociaciones que ayer acabaron con el mensaje de «bienvenidas a casa», pronunciado por el primer ministro belga.