El Camino no es un páramo sin ley. Hay códigos que obligan a todos los peregrinos, y sin ellos la ruta sería un caos. Pero con los senderos convertidos en lugar de moda, algunas leyes están ayudando a consagrar injusticias. Una de ellas es la maldición del bicigrino, que define el triste designio de quien, tras peregrinar a golpe de pedal durante horas, se ve obligado a dormir en el frío suelo de los albergues gratuitos, así llegue agotado, deslomado y dolorido. A la hora de ocupar litera, las leyes del Camino dejan a los bicigrinos en último lugar: primero tienen preferencia los caminantes, después los jinetes y, sólo si hay colchón de sobra, los ciclistas. «Sufrimos como el que más, porque además de cargar con nuestro peso, el equipaje y los cinco o diez kilos de la bici, tenemos que llevar casco, herramientas, repuestos...», dice Juan Pablo Gómez Alonso. Es murciano, trabaja en la refinería de A Coruña y llegó pedaleando con una amiga hace un par de días a O Cebreiro (Lugo) desde Ponferrada (León). Tras recorrer más de cincuenta kilómetros tuvieron que pernoctar junto a otra veintena de ciclistas sobre las baldosas del albergue, donde no les pudieron dar ninguna de las 87 camas porque se esperaba la llegada de cientos de caminantes. Algo parecido les pasa a Ainhoa Laffage, Aitzpea Lertxundi y Onintzia García, bicigrinas vascas de 24, 27 y 23 años que salieron hace unos días de Roncesvalles. En algunos sitios, tras cubrir la etapa planeada, tuvieron que seguir y seguir hasta dar con un albergue en el que los caminantes no hubieran agotado el cupo de camas. «¿Alguien cree que venir así es menos duro que andar o cabalgar?», se pregunta Aitzpea mientras estira las piernas en el alto de O Cebreiro (1.300 metros de altitud). La injusticia se envilece más todavía si se tiene en cuenta que los bicigrinos tienen la mejor fama de seriedad y espíritu deportivo del Camino. «No molestan, apenas protestan, son los más agradecidos, además de simpáticos», asevera como sentando cátedra una anónima alberguera, quien, además, subraya que casi siempre son gente de buen ver: «Están muy cachas y van muy ajustaditos».