Madrid no despierta de la pesadilla

La Voz

GALICIA

El mundo a los cuatro vientos Los explosivos hallados en la vía del AVE Madrid-Sevilla, la terrible situación que sufrió el sábadoLeganes y la sensación de estar en la diana, no deja a los madrileños recuperar su vida

04 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Los madrileños aún no se han despertado de la pesadilla que se inició el 11 de marzo. Veinticuatro días después, el miedo, la rabia, la indignación, el nerviosismo, la incertidumbre y un cierto sentimiento de irrealidad ante lo que está sucediendo se han apoderado de los ciudadanos que viven en la capital española. La ciudad está conmocionada. El brutal enemigo está en casa dispuesto a golpear de nuevo. La colocación el viernes de una bomba en el trayecto del AVE Madrid-Sevillla y la inmolación el sábado de cuatro terroristas que se llevaron por delante a un GEO han reabierto de par en par las heridas que no se habían cerrado. De repente todos se ven directamente amenazados por un terrorismo con un poder de devastación terrible que convierte en potenciales objetivos a los civiles desarmados. «Esto es la guerra, estoy nerviosa todo el día, cada vez que pongo la televisión tengo miedo de que haya habido otro atentado. Así no se puede vivir», afirma una mujer asustada de 72 años que vive en Carabanchel y se está medicando desde que sucedió la tragedia. «Creía que nos iban a dejar tranquilos después de lo que hicieron, pero está visto que la han tomado con nosotros», comenta su marido, que apaga el aparato en cuanto puede. «Estos desalmados nos han puesto los terceros en su lista de víctimas. Es como para no dormir», asegura una muchacha que pasea en la misma zona con su perro. Si hace 24 días los terroristas islamistas golpearon a trabajadores y estudiantes, a barrios obreros como El Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia, el sábado por la noche el sobresalto lo padecieron los vecinos de Leganés Norte, una barriada también humilde donde viven sobre todo parejas jóvenes con niños. Entre ellos, habitaban los monstruos que planificaron y llevaron a cabo los espantosos ataques del 11-M. No llevaban ni un mes en un piso por el que pagaban un alquiler de 900 euros al mes. «Era gente correcta», dice un vecino. «Educados, pero silenciosos», tercia otro. «Siempre iban tapados, con gorro y las solapas de la chaqueta subidas», asegura un tercero. Una mujer señala que sospechaba de ellos, porque «nunca levantaban las persianas, aunque fueran las doce de la mañana». «Están creando una sensación de inseguridad con la que no se puede vivir», comenta un hombre que reside junto al edificio donde se produjo la explosión. Las secuelas de todo tipo serán difíciles de borrar, también las que afectan a la convivencia cotidiana. Así, una mujer con lágrimas en los ojos asegura que nunca han tenido problemas con los numerosos magrebíes que residen en Leganés, pero que ahora le quedará «el miedo de no saber con quién estás viviendo». Algunos vecinos incluso piden «mano dura» con los inmigrantes, aunque son casos muy aislados. Una joven marroquí no se explica por qué sus compatriotas atentan contra un país que tan bien les ha recibido y confía en que no paguen justos por pecadores. Aunque en Lavapiés ya ha habido agresiones y se ven pintadas de «Moros fuera». Los madrileños tienen miedo a ir en el metro, a subir en un tren, escudriñan cualquier bulto sin dueño -no digamos una mochila-, miran dentro de las papeleras, evitan examinar a quienes tienen rasgos magrebíes pero lo hacen de reojo. «No pueden marcarnos lo que debemos o no debemos hacer, hay que seguir viviendo», afirma voluntarista un joven. Pero el miedo se extiende. Cuando se aprestaban a tomar un respiro en las vacaciones de Semana Santa para recuperar una normalidad que de momentos se antoja imposible, todo a vuelto a empezar para los habitantes de la urbe.