Dicen que Europa se construyó peregrinando a Santiago. Porque el Camino no deja de ser eso, una especie de río caudaloso, plagado de meandros, con sus crecidas, que trae y lleva cosas sin cesar: idiomas, costrumbres, personas, conocimientos... e incluso animales, por ejemplo, perros. Perros como Morín, pachorrudo, fiel y noble. Resulta complicado adivinar de dónde proviene un chucho, aunque éste, dado su refinado gruñir, bien podría haber nacido en París. Nunca pega un ladrido más alto que otro. A Morín lo abandonaron en algún punto de la Ruta Francesa. Luego vagó sólo de pueblo en pueblo, cubriendo instintivamente etapas rumbo a la vieja Compostela, hasta que un día paró por O Cebreiro. «Chegou haberá oito ou nove anos, bótalle unha década; tratámolo ben e aquí quedou con nós», relata Pilar, quien gestiona la hospedería local. «Téñenme contado -abunda- que antes estivo noutras aldeas, pero andaban a paus con el e marchaba de todos os sitios». En el mismo establecimiento, habitan dos canes más, Bico y Pastor, también tranquilos y también de espíritu romero, aunque con una historia existencial contrapuesta a la de Morín. Ellos nacieron en la propia posada y, de vez en cuando, suelen desaparecer un tiempo. Hacen buenas migas con algunos peregrinos y entonces los acompañan en sus viajes durante diez, veinte, treinta kilómetros, según el grado de complicidad alcanzado. Son una cruz llevadera para Pilar: «O ano pasado fartámonos de ir buscalos a Portomarín. A última vez chamáronnos de Sarria, que estaban alá, e dixen: pois non imos. Ó cabo dunhas horas apareceron de volta por aquí, coa lingua de fóra os dous. Volven, sempre volven». Perros, personas, idiomas, conocimientos... van y vienen, los trae y los lleva el Camino, ese río.