Un niño dedicó a su padre muerto una poesía con preguntas que no tendrán respuesta Dolor y silencio en pequeños pueblos donde fueron enterradas algunas víctimas
13 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.La jornada de ayer, por tercer día consecutivo, aportó hechos desgarradores. En una de las salas del tanatorio de la M-30, en la que se encontraba el cuerpo sin vida de Jesús Utrilla, un poema llamaba la atención de todos. Lo habían escrito el hijo y la mujer del fallecido. «¿Cómo era papá? ¿Cuáles eran sus anhelos? ¿Qué pensaba de mí? ¿Se sentía orgulloso?», eran algunas de las preguntas que se quedan sin respuesta. La viuda de Jesús lucía en la solapa de su abrigo una pegatina de No a la guerra. Su hermano, Eugenio Box, advirtió: «fuese quien fuese, no educaremos a mi sobrino en el rencor; lo único en que creemos es en la libertad y en el respeto a las ideas para que esto no ocurra nunca más». Otras víctimas del 11-M reposan ya en numerosos cementerios del territorio nacional después de que la metralla asesina acabase con sus vidas. Volvió a ser un día trágico para los vecinos de numerosas poblaciones como, por ejemplo, la de Guadalcázar, en Córdoba. En su pequeño cementerio fueron enterrados Juan Muñoz Lara y su madre. El destino, a veces, tiene cosas muy macabras. El primero murió en el atentado y a las pocas horas de producirse ésta fallecía su progenitora que se encontraba gravemente enferma como consecuencia de un tumor. «Una película» «Estas situaciones las vivimos casi como si fuera una película que vemos en el cine pero, ahora que nos afectó, todo se nos vino abajo y, sobre todo en un pueblo pequeño como el nuestro», declaró Francisco Rejano, el alcalde, poco antes del multitudinario entierro. En Cuenca, todo el pueblo de Torrubia despidió a Álvaro de Miguel Jiménez, de 26 años. Este joven iba el jueves, como cada mañana, a las oficinas de Fomento de Construcciones y Contratas donde trabajaba como administrativo. No llegó. «Nos han matado a todos», escribió el obispo de Cuenca en una carta que fue leída en la homilía. Durante veinticuatro horas buscaron día y noche en los hospitales de Madrid y en el pabellón de Ifema, sin éxito. A los familiares de Julia Moral García les comunicaron el viernes por la mañana que estaba muerta. Ayer fue enterrada en el pueblo de Milagros, en la provincia de Burgos. Julia, de 53 años, residía en Madrid, vivía en Madrid desde hacía bastante tiempo. El matrimonio tiene dos hijas de 19 y 17 años. Fue una de ellas la que vio subir a su madre al vagón que saltó por los aires en la estación de Santa Eugenia. El alcalde de Milagros contó ayer que esta mujer era muy querida en el pueblo al que acudía todos los fines de semana para estar con su madre. En Muñogrande (Ávila) enterraron a Miriam López Martín, de 31 años. «Se me pone la carne de gallina al pensar en su muerte», declaró Luisa Holgado una vecina del pueblo que asistió al sepelio. Miriam, de 31 años, deja a una hija de 18 meses. La pequeña se salvó el jueves porque, antes de que estallasen las bombas, su madre la había dejado en una guardería. Otra de las victimas, María Luisa Polo Remartínez, reposa en Ateca (Zaragoza). Estaba casada y deja una hija de 18 años. Su familia supo de su muerte casi 24 horas después del atentado.