«Es evidente que hombres y mujeres somos distintos, pero Dios nos dio dos piernas a todos, así que todos podemos caminar por igual». Aunque parezca una perogrullada, quien habla así es una sorprendida peregrina que no entiende por qué sólo se ha cruzado con hombres en su camino. Pocos, pero en su mayoría hombres. Y tiene razón. Ayer alcanzaron el albergue de O Cebreiro cerca de una docena de peregrinos, un número insólito si se tiene en cuenta que el ritmo diario de llegadas durante los dos primeros meses del año apenas es de una o dos personas. De ese total, sólo una fémina. El resto, como en la telenovela chilena, todos machos. Y para todos los gustos. Desde un jubilado que comenzaba en O Cebreiro su sexta peregrinación a Compostela _«esto es sólo un entrenamiento porque el mes que viene quiero empezar el Camino Primitivo, el que viene por Asturias»_, hasta un estudiante de 23 años que llegó solo y en bicicleta con el objetivo de alcanzar Fisterra en apenas cuatro días. Con ellos, Juan, un catalán parlanchín que peregrina en moto desde Barcelona, y Francisco Javier, Isaac y Manuel, tres madrileños que partieron solos desde Ponferrada y se encontraron por el Camino. Y es que, por lo general, aquellos que eligen el invierno para iniciar su viaje lo hacen solos, aunque reconocen que «hay que ser una seta» para llegar en solitario, «porque entre zancada y zancada es inevitable hacer amigos». Y como amigos, y como hombres, de noche hablaron de fútbol _no hubo acuerdo sobre quién ganará la Liga, ni la Copa del Rey, ni la UEFA_ y de chicas. De María, la única mujer que, acompañada por su marido _«es una pena», dijo alguno entre vino y vino_ optó por domir en la hospedería del pueblo antes que compartir albergue con tanto hombre. «Con los ronquidos de mi marido tengo más que suficiente», sentenció.