Y eso que Tuchiño era tímido

Lois Blanco

GALICIA

07 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HUBO UN tiempo en el que tres vilalbeses custodiaban la tumba del Apóstol. Antonio María Rouco Varela al norte, en el palacio arzobispal. Manuel Fraga al oeste, en Raxoi. Y al sur, el rector Ramón Villares, quien por discrepancias teológicas se saltaba las guardias. De los tres que había flanqueando el Obradoiro a principios de los noventa sólo queda un vilalbés. El que ocupa el lado oeste desde hace tres años santos, y todos los demás que no eran bisiestos. Tras demostrar su empeño por guardar las esencias de la fe frente a la intromisión del bienvenido invento del Xacobeo en 1993, el arzobispo fue llamado a más altas metas. Tanto subió que entró a formar parte del ideario triunfal de la era Fraga: Galicia avanza y ya tiene candidato a Papa. A pesar de que el cardenal mantiene los rasgos de carácter de su infancia -«Tuchiño era un pequeno moi tímido, caladiño e recatado», en definición acuñada por sus vecinos de Vilalba-, se ha convertido en una de las celebridades de la semana. Recatado él, no dijo ni palabra, pero la Iglesia que representa en su condición de presidente de la Conferencia Episcopal Española ha dictaminado cuál es el mal que nos aqueja. Padecemos la «revolución sexual» que «ha separado la sexualidad del matrimonio, de la procreación y del amor», y cuyos «frutos amargos» son la «violencia doméstica». Una lacra que, en cifras, se tradujo el año pasado en siete mil denuncias más de malos tratos que en el 2002. La tesis eclesial de los males familiares deriva en una única conclusión. Habría que volver al modelo cristiano de matrimonio, que otro gallego con mando terrenal impuso durante medio siglo, para que las mujeres violadas, maltratadas o humilladas se estén calladas en este valle de lágrimas mientras esperan la recompensa del más allá. La joven de Toques sobrellevaría el abuso sexual de su alcalde -según sentencia judicial- con resignación y silencio cristianos. La polémica de la revolución sexual o la que pueda montarse mañana con los anticonceptivos quizá se explica, en parte, porque el cardenal vilalbés está haciendo lo que mejor sabía hacer en el campo de fútbol del seminario de Mondoñedo: defender. Frente a los teólogos que pretenden que la Iglesia se adentre en la vida cotidiana, Rouco -un buen wojtyliano- se esfuerza en defenderla de la irremisible secularización de la sociedad, Vilalba incluida. Si no fuera que son ellos quienes regulan por qué se va y por qué se sale del purgatorio, habría que ver si la teoría de la Conferencia Episcopal sobre la revolución sexual es o no un pecado.