La emergencia de un camello

Nacho Mirás SANTIAGO

GALICIA

ÁLVARO BALLESTEROS

Encuentran veintidós bolas de coca en un servicio del aeropuerto de Lavacolla utilizado por los pasajeros de un avión que aterrizó por una alarma de incendio

27 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

No siempre es cierto eso de que segundas partes nunca fueron buenas. Ayer podían leer en La Voz cómo un avión holandés -de la compañía KLM- tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en Santiago, después de que se disparase en cabina una alarma de incendio que resultó ser falsa. Los 487 pasajeros del aparato, un Boeing 747, se pasaron diez horas en el aeropuerto de Lavacolla. Y después de las pertinentes revisiones de su aeronave, embarcaron de nuevo a las seis de la tarde con destino Amsterdam, a donde llegaron sin novedad. Y ahí se podría haber acabado la historia. Pero no, lo del avión tenía segunda entrega. Y es que transportaba un pasajero que cuando tocó suelo holandés pesaba doscientos gramos menos que cuando embarcó. El Jumbo Resulta que al poco de partir el Jumbo, la Guardia Civil procedió a realizar una revisión por las salas que había ocupado el pasaje; rutina, más que nada. Y fue así cómo descubrieron, literalmente, el pastel. Uno de los viajeros procedentes de la república sudamericana de Surinam había dejado una particular huella en uno de los servicios: nada menos que veintidós bolas de cocaína que, una vez lavadas y pesadas, arrojaron un peso total de 200 gramos. Los agentes están convencidos de que el «regalo» lo dejó un pasajero que, seguramente, se puso nervioso cuando el comandante de la nave anunció la escala no prevista en el aeropuerto compostelano. Se cree que el culero, que es como se denomina en el argot a las personas que transportan droga en su propio organismo, embarcó en Surinam con el intestino lleno de farlopa y que, una vez en Santiago, o bien tuvo un apretón (carísimo), o bien prefirió deshacerse del sobrepeso ante el riesgo de un eventual registro. Y es que cuando la aeronave tomó tierra para permanecer diez horas en Santiago, el pasaje ya llevaba otras diez volando. La Guardia Civil avisó de lo ocurrido a las autoridades holandesas, pero parece difícil que se pueda hacer algo contra un ave migratoria que puso los huevos de camino. Buscar al dueño del intestino parece más complicado que encontrar a Cenicienta y mucho menos, agradable. Por miedo o por apretón, lo cierto es que el camello la cagó.