La guerra de los pasaportes

Marta R. Brown

GALICIA

PATRICIA SANTOS

Las medidas de seguridad en los aeropuertos enfrentan a Estados Unidos y Brasil, que recibe a los viajeros a ritmo de samba para intentar no perder turistas

15 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

La bienvenida que se dispensa estos días a los turistas norteamericanos que aterrizan en los aeropuertos de las principales ciudades de Brasil, São Paulo y Río de Janeiro, es más bien agridulce. La parte agria es la primera: cada viajero tiene que hacer cola para que se le tomen las huellas y se le fotografíe. Es la respuesta recíproca del Gobierno brasileño al incremento de las medidas de seguridad en las fronteras de Estados Unidos. Lo dulce llega a continuación del control. Las autoridades locales de Río creen que tanta burocracia perjudicará la industria más próspera de la ciudad, el turismo, y han decidido que el recibimiento a los norteamericanos sea más placentero. Primero les agasajaron con flores y camisetas con la leyenda «Rio loves you», pero en sólo dos días han doblado su apuesta y ahora son bailarinas de las escuelas de samba las que reciben con los brazos abiertos a los turistas que empujan su equipaje sobre carritos. Para muchos, que una garota le espere en el aeropuerto, aunque sólo sea unos segundos, es la mejor forma de pisar tierra brasileña. La preocupación por el posible descenso de visitantes amenaza con quitar el sueño a los responsables turísticos de Rio, con su famoso carnaval de febrero a la vuelta de la esquina. Si se tiene en cuenta que los norteamericanos se dejan en la ciudad costera 250 millones de dólares cada año, es fácil entender los desvelos de la ciudad. ¿Qué tal se lo están tomando los viajeros, que a fin de cuentas son quienes sufren las consecuencias de lo que la prensa ha denominado «la guerra de los pasaportes»? Pues varía en función de quién lo pregunte. Según los medios brasileños, todo va como una seda. Para justificarse, citan a turistas encantados, que no dudan en calificar el proceso de «rápido y eficiente», ya que dura a lo sumo un minuto. Además, explican los periódicos a los brasileños, todos entienden que es una lógica respuesta al exceso de celo en las fronteras del poderoso vecino del norte. En cambio, si se consulta The New York Times , las colas para las identificaciones son largas y exasperan a viajeros que ya han pasado varias horas de vuelo entre un país y otro. Claro que no todos se lo toman como el piloto de American Airlines Dale Robin Hirsh, detenido esta semana por hacer un gesto obsceno a la cámara que lo retrató. El piloto y su empresa ya se han disculpado y tendrán que pagar una multa de 12.000 dólares. El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, fue contundente en su postura en la «guerra de los pasaportes»: «Brasil no es un país de terroristas». Su Gobierno ha entregado un documento a Estados Unidos en el que explica su colaboración con la seguridad mundial y pide la exención del visado y la identificación para sus turistas. Como en todo conflicto, la diplomacia entra en acción: el secretario de Estado Colin Powell viajará a Brasilia para tratar de llegar a un acuerdo, y pronto. Todo sea por el carnaval.