Crónica | Una zorra acude a un bar para recibir su comida diaria El animal, al que llaman «Panchita», se acerca todos los días a un establecimiento del lugar de A Torre para recibir su ración de manos del dueño del local
08 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.no es un lobito bueno al que maltratan todos los corderos como en el cantar de Paco Ibáñez, pero sí una raposa mansa. Es una zorra de Laxe que se acerca todos los días a la taberna de A Torre para tomarse unas tapas. El animal es de costumbres fijas. Pasadas las ocho de la noche, y antes de las nueve, aparece por A Torre, una aldea de la parroquia laxense de San Amedio de Sarces. José Soto Pérez, que es el tabernero, la agasaja con toda clase de viandas. Las más de las veces son las mismas tapas que pone a sus clientes en su café-bar- supermercado. Come de todo, pero las salchichas las entierra. «Non lle deben gustar. Igual é pola mostaza», comenta el comerciante. Al principio pensaban que era un macho y lo llamaban Pedro, pero un cazador, habitual visitante del establecimiento, advirtió de que el animal tenía mamas. Entonces, le cambiaron el nombre. En el lugar todos están felices con las visitas de Panchita . Desde que robaron el conejo que asustaba a los perros, los amantes de los animales de Laxe habían quedado un poco abatidos. La zorra les ha devuelto la alegría. «¿Non sería a raposa a que comeu o coello?», se pregunta medio en broma Juan Tajes mientras lee las esquelas del periódico. La negativa se deja oír de inmediato. Eliseo Pérez, que en su juventud estuvo emigrado en Asturias, asegura que en su vida nunca vio un raposo «tan mansiño». Todos comentan alborozadamente las cualidades cívicas del animal mientras pelan castañas asadas. De repente, los niños abandonan el futbolín y proclaman: «Está aí, está aí». Efectivamente, Panchita está al otro lado de la carretera esperando su tapa. No se acerca más porque es domingo y hay mucha gente. Además, tiene miedo a los coches. Una noche estuvo a punto de morir bajo las ruedas de un auto mientras intentaba cruzar la calzada. Sale José con varias lonchas de jamón y llama por la raposa como si fuese un perro. Ella se acerca tímida, y con suavidad se lleva parte de su ración. La entierra y vuelve a por más. El griterío de la chavalada la asusta y se pierde en la oscuridad. Diego Soto, el pequeño de la casa, no quiere saber nada de Panchita porque teme que se coma su gata. Sin embargo, el padre le dice que no tiene nada que temer. En una ocasión, la gata, que se llama Perla , se puso farruca y Panchita tuvo que huir a toda prisa. La raposa sí hace buenas migas con el perro de la casa. José cree que se acostumbró a las visitas porque le robaba la comida al can, que es de apetito más difícil.