La sonrisa del caníbal

La Voz

GALICIA

Armin Meiwes, que asesinó y se comió a un hombre que conoció por Internet, declara en el juicio que ya de niño deseaba devorar a sus compañeros de clase

03 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Anthony Hopkins ha quedado para la historia como la perfecta representación de la más delirante perversión humana en su encarnación de Hannibal Lecter. Sin embargo, el recuerdo de su lengua chasqueante después de decir: «Me comería su hígado con un buen chianti» es poco menos que un juego de niños comparado con la experiencia de Armin Meiwes, conocido ya como el caníbal de Rontenburgo y que, desde ayer, declara en un juzgado provincial alemán acusado de asesinato con motivación sexual y perturbación del descanso de los muertos. Meiwes recibió en la primavera de 2001 una contestación inesperada a su anuncio por Internet en el que buscaba a «alguien que quiera ser devorado». Se trataba de un ingeniero de Berlín llamado Bernd Juergen Brandes que acudió a la casa de Meiwes y accedió a mutilarse el pene, asistir a su preparación culinaria y compartir tan macabro menú con su verdugo. Después de la velada, Meiwes acabó con la vida de su invitado y lo descuartizó. El criminal compareció ayer en el juzgado confiado, lúcido y sonriente. Y se explicó. Siendo un adolescente ya sentía un marcado interés por el canibalismo: «Cuando tenía entre 8 y 12 años fantaseaba con descuartizar y comerme a los compañeros de clase que me gustaban». Naturalmente, las películas de zombies y las imágenes de los mataderos excitaban sus fantasías que el acusado vinculó ayer con su secreto deseo de haber tenido un hermano. Todo está grabado El proceso judicial, que tiene sobrecogida a la opinión pública alemana, no carecerá de pruebas. Meiwes grabó durante ocho horas todo el proceso de mutilación, canibalismo, asesinato y descuartización, así que la audiencia tendrá que tener en cuenta la presunta complicidad de la víctima en su propia muerte: «Me utilizó como un utensilio. Sólo practiqué la eutanasia», declaró hace unos días Meiwes a un periódico local. El asesino se enfrenta a una pena de quince años que, aún en el caso de que fuera declarado culpable, parece insuficiente para el perfil de un criminal que, según todos los expertos, volverá a reincidir en su crimen. Sin embargo, la justicia se encuentra con pocos argumentos para incrementar la pena. Meiwes ha demostrado que está en su sano juicio y que distingue perfectamente el bien del mal, por lo que no podrá ser sometido a un internamiento de seguridad. Ni siquiera tiene antecedentes penales y, además, el canibalismo no existe como figura penal en Alemania. De ahí el extraño cargo por el que también responde Meiwes de «perturbación del descanso de los muertos». El proceso penal se prolongará previsiblemente hasta finales del mes de enero, por lo que los detalles morbosos sobre el espantoso crimen de Meiwes no han hecho más que empezar. Además de la siniestra grabación del día de autos, la policía se incautó en el domicilio del asesino confeso de 16 ordenadores personales, 221 discos duros y 307 vídeos cargados de un contenido no explicitado pero fácil y desagradablemente imaginable. El material fue requisado cuando la policía alemana recibió la denuncia de un estudiante austríaco que había visto en Internet un nuevo anuncio de Meiwes buscando más víctimas para su ritual. Fue la alerta definitiva que dio con la pista del criminal que, desde entonces, ha permanecido encerrado en prisión. Ayer, durante su primera comparecencia judicial, Armin Meiwes, técnico informático de 42 años de edad, sonrió a diestro y siniestro. Lo que nadie sabe es lo que pasaba por su mente cuando miraba al juez o al fiscal. Y, francamente, casi es mejor no imaginarlo.