El mundo a los cuatro vientos La expulsión de un colegio de dos jóvenes que hacían «ostentación» de la indumentaria islámica provoca una reacción contra los símbolos religiosos en el país más laico de Europa
14 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Pongamos a una madre argelina, convertida al catolicismo, pero que ahora se declara agnóstica. Unámosla a un padre judío, activista de los derechos humanos, pero que en realidad se define como ateo. Y aderecémoslo todo con una abuela rebelde, que ya era ferviente defensora de la escuela laica y republicana en la época en que Franco se debatía en aquel estado de catatonia, de si me muero o de si no me muero. ¿Qué puede salir de este cóctel explosivo? Pues nada más ni nada menos que Lila y Alma, las dos jóvenes francesas, de 16 y 18 años, respectivamente, que decidieron liarse el velo a la cabeza y seguir el credo islámico, provocando así que las expulsaran del instituto Henri Wallon de Aubervilliers, situado a las afueras de París, con el argumento de que su indumentaria era «ostentosa» e incompatible con el reglamento. El caso de Lila y Alma resume perfectamente la cruzada lanzada por el Gobierno francés para preservar el laicismo del Estado, un valor consagrado en la Carta Magna de la V República y que el presidente galo, Jacques Chirac, no duda en citar para mantener a raya a los líderes comunitarios que desean introducir una referencia al cristianismo en la futura Constitución Europea. El ministro de Educación francés, Luc Ferry, metió ayer baza en esta polémica al afirmar que respalda «totalmente» la medida disciplinaria adoptada contra las dos jóvenes islámicas que, según el ateo de su padre, fueron «expulsadas como unas perras» del colegio. «Yo no defiendo el fular, sino el derecho de mis hijas de acudir a la escuela», proclamaba enfurecido Laurent Lévy, al arremeter contra quienes tachó de «ayatolás del laicismo». Pero que haya ahora dos chicas se están privadas de otro derecho constitucional, como el de la Educación, es una cuestión que a muchos franceses parece importar menos que los centímetros de tela que se llevan en la cabeza. Apoyos De hecho, tanto el Partido Socialista, en la oposición, como la organización de derechos humanos SOS-Racismo se apresuraron a respaldar la expulsión de las dos alumnas. Incluso el Consejo Francés de Culto Musulmán evitó reprobarla, pues únicamente se limitó a apelar al «diálogo» y a la «conciliación», posturas que si a algo están contribuyendo es a que se sucedan, aquí y allá, casos como los de Lila y Alma. Sin ir más lejos, el colegio Charles-Walch, situado en la región de la Alsacia, fronteriza con Alemania, prohibía ayer el acceso por segundo día consecutivo a una joven musulmana de 12 años que se negaba a mostrar su cabello en clase. El Ayuntamiento de París, por su parte, anunciaba casi a la par que iniciaría un expediente de sanción contra una asistente social que acude a trabajar con el velo islámico. «No podemos aceptar que una de nuestras agentes lleve un signo religioso ostentoso», declaró ayer a un canal de televisión la vicealcaldesa, Anne Hidalgo, de origen español. Pero la guerra contra el velo no ha empezado ahora. En Francia, país que cuenta con más de cuatro millones de musulmanes, en su mayoría argelinos y marroquíes, va camino de ser tan añeja como el vino. La batalla que se libra en el frente escolar se completa con otras normas del Ministerio del Interior que ha prohibido hacerse la foto del carné de identidad con velo. Claro que en todo este embrollo, Lila y Alma tienen como aliados a sus propios compañeros de colegio, que llegaron a respaldarlas con una huelga. Farida, una de esas alumnas, citada por el diario Le Monde , puso un poco de cordura: «En el instituto hay una chicas que nos hacen flipar con sus collares de pinchos, e incluso una que lleva una camiseta que dice 'Votad por Satán'. ¿Acaso eso no es religioso? Por lo menos Lila y Alma no nos metían miedo».