Un toro por los amigos muertos

David Beriain ENVIADO ESPECIAL EN DIWANIYA

GALICIA

Un astado corona el centro español de transmisiones en Irak como homenaje personal de los soldados a sus compañeros muertos en el accidente aéreo de Turquía

12 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Para el que lo ve desde fuera no es más que una réplica del toro de Osborne sobre un viejo edificio del Ejército iraquí, un recuerdo de España, un amuleto de unos soldados con morriña. Pero para la gente de la Unidad de Transmisiones desplegada en Diwaniya es mucho más. Es el recuerdo constante, el homenaje a los 62 compañeros que perdieron en un monte de la costa de Turquía, sentenciados por una extraña maniobra de un avión Yakovlev. Roberto Corzo, el sargento primero valenciano que nos cuenta la historia de este toro herido, perdió aquel día seis amigos. Los seis que le dieron el relevo y que le permitieron irse a casa después de pasar unos meses en Afganistán. A su muerte tuvo que volver a hacer el petate, secarse las lágrimas y viajar de nuevo a Kabul para ocupar su puesto. «Allí hubo gente que perdió a muchos amigos. El toro lo hizo la gente de transmisiones de Umm Qasar cuando se enteraron de la noticia y está dedicado especialmente a uno de ellos, con el que varios de los que estaban allí habían compartido habitación». En los ratos libres El soldado en cuestión era el sargento Paredes. En el reverso de la figura, en una de sus patas, se puede leer su nombre. Uno de sus amigos, recordando cuánto le gustaba el toro de Osborne, decidió hacerle un homenaje. Pocos días después del accidente, en los ratos libres y con el dolor todavía fresco, los chicos de Umm Qasar empezaron a dibujar, cortar y pintar la chapa de madera de la que está hecha el toro. Llegó hasta aquí, hasta Diwaniya, con el resto del material que había quedado en Irak tras la misión humanitaria en el puerto del sur del país. Ahora se ha convertido casi en el emblema de la base. Llama la atención de todos los que visitan el campamento, sobre todo de los periodistas, y ya no digamos de los norteamericanos que hasta septiembre comparten el campamento con los españoles. «The bull» queda casi en el centro del campamento. Los de la Unidad de Transmisiones lo han colocado en sus dominios, en el techo de un edificio de acceso restringido donde se trabaja casi a oscuras para no recalentar los aparatos de radio y los satélites que sufren mucho por el calor. Punto de reunión El barracón, donde trabajan un 80% de gallegos, es además uno de los centros neurálgicos de la base, un punto de reunión. Desde allí se hacen las llamadas a España. Bajo el toro, los soldados tienen su momento de comunicación con sus casas. Dos minutos cada tres días, 120 segundos que saben a gloria. Cuentan aquí, por cierto, que hay algunas madres enfadadas porque sus hijos emplean esos dos minutos en hablar con sus novias y no con sus casas. No deben alarmarse. Dentro de dos días los de Transmisiones tendrán listo el sistema de llamadas por tarjeta por el que los militares podrán llamar a casa cuanto quieran, por el módico precio de 10 céntimos el minuto. A dos días y medio de viaje de casa, en el campamento español a las afueras de Diwaniya los detalles como el del toro de Osborne y otros menos serios se repiten por doquier. Los soldados pasarán aquí de cuatro a seis meses y poco a poco van haciendo de este cementerio de edificios abandonados su hogar.