Un hombre se coló en casa de unas vecinas en Fene con un machete y las retuvo hasta que amaneció. En mitad del secuestro se ablandó. Charló con ellas y hasta tomó café, copa y puro
12 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Raúl F.?R. es un hombre de Maniños (Fene) que la noche del 30 de agosto se coló en casa de unas vecinas armado con un machete y allí las tuvo retenidas hasta que amaneció. Por ello se enfrenta a una pena de 11 años de prisión y ayer, desde el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial, explicó sus motivos. A sus 35 años, juró que lo hizo porque «estaba confundido». Pero también animado por unas cervezas que lo empujaron a tragarse de una sentada las ocho pastillas de Trankimacín que el centro de drogodependencias le había proporcionado para varios días. La otra razón que lo metió en el lío fue que necesitaba con urgencia 230 euros para recuperar su moto del depósito.No se lo pensó. Se puso una gorra de ala ancha, unas gafas de minero (así las describió una de las víctimas) y una media cubriéndole el rostro. Primero accedió a un pequeño habitáculo en el exterior de la vivienda. Llenó una bolsa con comida e hizo sitio para meter algunos objetos más. Luego violentó una ventana de la casa y por allí se coló. En el pasillo se encontró de frente con una mujer de 73 años y con su hija. Raúl les dijo que no les iba a pasar nada si le daban algo de dinero. Reunidos en la cocina de la vivienda, Raúl les pidió que fueran al banco nada más abrir y que retiraran 200 euros.Había que hacer tiempo y la tensión fue rebajándose con el paso de los minutos. Comenzaron a hablar de sus cosas y el acusado se mostró ante ellas. Fuera gorro, gafas y media. ¿Y el machete? «Guárdelo usted señora», le dijo a la mayor de las secuestradas. Pidió un café Cuando el sueño comenzó a apretar, Raúl les pidió un café y una copa de licor de guindas. Les preguntó si tenían tabaco. «No fumamos, pero tengo un puro guardado que me dieron en una boda», le dijo una de las víctimas. Intimaron hasta las siete de la mañana. Raúl se despidió con la promesa de regresar a las nueve. Dicho y hecho. Puntual, el acusado volvió a la casa acompañado por un sobrino de diez años. La señora salió, hizo entrega del rescate y Raúl le dio las gracias, no sin antes jurarle que se lo devolvería.