Once reclusos de la cárcel ourensana de Pereiro de Aguiar caminaron en peregrinación los 17 kilómetros que separan el centro penitenciario del santuario religioso de Os Milagros
04 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Sin grilletes en los pies; el calzado era muy cómodo. Tampoco trajes conjuntados a rayas horizontales blancas y negras; el chándal como opción más socorrida. Ningún helicóptero de vigilancia sobre sus cabezas. Y sin embargo, todos con una condena a sus espaldas. Tres mujeres y nueve hombres. Todos penados y clasificados en segundo y tercer grado en la cárcel ourensana de Pereiro de Aguiar. Devotos de la virgen de Os Milagros, su buena conducta y sus ganas de peregrinar hicieron posible una jornada diferente. A las ocho y media de la mañana, mochilas al hombro y bastón en mano, salieron en grupo del centro penitenciario rumbo al santuario religioso. El paseo, distendido. La vigilancia y la compañía corría a cargo de tres miembros del Voluntariado Cristiano, coordinados por el capellán de la prisión, Don Manuel. También se apuntaron al paseo dos educadores. Diecisiete kilómetros de caminata dan para charla, cotilleos, confidencias, bromas y un reconstituyente desayuno en Baños de Molgas, a cinco kilómetros del destino espiritual. Ya se divisaba a lo lejos el santuario cuando periodistas y fotógrafos irrumpieron en el camino. Los más débiles se ofrecían a acompañarnos en el coche. Los más bromistas nos invitaban a no perder el tiempo, «viene la Belén Esteban ahí detrás, id a por ella». Tres horas y media después de la salida, por fin el ansiado destino. Triunfales junto a la entrada del templo religioso, internos y organizadores se mostraban más que satisfechos. «Todo ha ido según lo previsto, la experiencia es muy positiva», comentaba Rafael Sánchez, uno de los educadores participantes. «Volvería a repetir, porque ha sido inolvidable», confesaba emocionada Salomé Fernández, reclusa desde hace dos años. La misa de una les estaba esperando para reconfortar el espíritu. El pulpo á feira y la carne ó caldeiro reconfortarían el estómago después del oficio religioso. «Estoy algo cansado, pero seguro que con el pulpo me recupero», afirmaba Carlos Rodríguez con aplomo. Devoción y gastronomía siempre fueron buenos amigos.