El secuestrado que cobró y olvidó

La Voz

GALICIA

XOAN CARLOS GIL

La víctima de un sonado cautiverio en Ribadumia sufrió en el juicio un sorprendente lapsus de memoria Cobró siete mil euros de sus supuestos secuestradores. Aprovechó la estancia en prisión de los presuntos delincuentes para vender un piso propiedad de uno de ellos. Y ayer, dieciséis meses después del sonado suceso, ya no recordó ningún detalle escabroso o comprometedor del caso. De su cautiverio huyó cuando se lo propuso. De la cadena, no sabe si realmente limitaba sus movimientos. De las torturas, «no me acuerdo». De Lafuente, el aparente cabecilla, dijo que era un padre para él.

08 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

José Radío Varela, el joven de Meis que en marzo del pasado año se presentó ante la Guardia Civil con una gruesa cadena al cuello y describió con detalle un extraño y violento secuestro, sufrió ayer ante el tribunal encargado de juzgar el caso un sorprendente vacío de memoria. Tres veces le llegó a preguntar el fiscal si su aparente fragilidad para recordar datos comprometedores (para los acusados) se debía a algún tipo de miedo. Y tres veces él respondió que no. Explicó que había decidido retirarse del proceso como acusación particular porque la mujer de José Lafuente, Dolores Torres, también sentada en el banquillo en calidad de cómplice, le había indemnizado con siete mil euros. Reconoció además que había vendido el piso de José Francisco Acuña, otro acusado, en el que se habían encontrado capuchas supuestamente empleadas para el atraco a un taller de Meis, una de las vías de investigación que se abrieron a raíz de los testimonios del arrepentido Radío y que se diluyeron después. El cabecilla Manifestó finalmente que Lafuente y su esposa habían sido como unos padres para él, y terminó perdonando al presunto cabecilla del grupo que le hubiera pegado en la casa de Sisán (Ribadumia) donde ocurrió todo. De hecho, Lafuente admitió la responsabilidad de los golpes, también que había colocado una cadena al cuello de la víctima para obligarlo a limpiar la sangre del suelo, que existía el proyecto de viajar ambos a Colombia. Pero de secuestro, nada. Él y los otros implicados coincidieron en que todos fueron a la casa, que nadie obligó a Radío. Que allí siguieron una noche de coca y alcohol, que al día siguiente comieron y que después llegó la pelea. Sólo el padre de Radío, a quien el joven relató el suceso tras su presunta huida, mantuvo la tesis del cautiverio.