Con uno basta

La Voz

GALICIA

Casi el 90% de los hogares gallegos no tienen ningún menor de seis años Las calles se llenan de arrugas. Hay más sillas de ruedas y más audífonos que chupetes y carricoches. Galicia se cae por la pendiente demográfica. Los matrimonios no tienen descendencia o, como mucho, apuestan por uno. Luisa y Xosé, vecinos de Teo, acaban de ser padres y les gustaría tener un segundo hijo. Pero mandan las condiciones económicas. Y el tiempo para atender a los críos.

26 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

A las tres de la tarde, las puertas de las guarderías se abren para dar entrada a muchos padres que van a recoger a sus hijos. Y en la Escola Infantil Breogán, de Santiago, a esa hora comienza el movimiento. Xosé aparca su coche blanco. Sale del vehículo y ajusta la silla del niño en el asiento del copiloto. Antes de entrar en el centro, levanta la mano en señal de saludo. Y aguarda. A lo lejos, viene Luisa, su mujer. Camina rápido. También acaba de salir del trabajo. Ambos padres son de la generación de 1968. Ahora tienen 34 años. Y un primer hijo de 12 meses, de pelo rubio, que está empezando a andar y que se agarra a lo que puede para no perder el equilibrio. El matrimonio cree que la vida se ha endurecido y que las condiciones laborales y los horarios no juegan en favor de la natalidad. Ellos disponen de tiempo libre para atender a su hijo por la tarde y argumentan que hay «muchas parejas jóvenes que no pueden tener descendencia por las jornadas laborales; a los padres no les gusta que su hijo esté todo el día metido en la guardería; quieren criarlo y educarlo». Caro y difícil Entre las generaciones mayores existe la creencia de que los jóvenes, ahora, son más cómodos que antes y prefieren no hipotecar su bienestar para tener niños. Pero este matrimonio cree que esa tesis es matizable. Para Luisa, la verdadera razón que explica la baja natalidad es que los progenitores quieren criar a sus hijos con todas las facilidades; darles estudios, pagarles actividades extraescolares, que aprendan idiomas. Y eso, como dice ella, es caro y difícil. Cuantos más a repartir, como sucedía antes, mucho peor. Xosé y Luisa explican que el hecho de ser padres les ha cambiado la vida en todos los sentidos. No sólo en el económico. Sin embargo, ambos hacen cuentas: sólo en pañales, el desembolso mensual asciende a los 60 euros (10.000 pesetas). Lo que multiplicado por 24 meses da una cifra de 1.440 euros en los dos primeros años de vida del niño. A ello, explican, se añaden los gastos de alimentación y de ropa. Luisa lamenta la escasez de ayudas del poder público y dice que, desde que ella es madre, su nómina se ha incrementado en 12 euros. «¡Eso no llega para nada!», se lamenta. Y añade: «Nosotros trabajamos los dos, de forma estable, pero hay que imaginarse cuál es el esfuerzo económico que debe hacer un matrimonio en el que sólo trabaje uno o en el que haya algún contrato eventual», argumentan Luisa y Xosé. Entre su círculo de amigos hay parejas que no han tenido hijos todavía y, otras, por el contrario, se han decidido porque la edad se echa encima. El riesgo Esa es la razón, según el matrimonio, que les ha llevado a tener descendencia. Luis agarra a su retoño y dice: «Nosotros pensamos: o ahora o nunca; ya estamos casi en la denominada edad de riesgo». La pareja mete a su hijo en la silla del coche. El niño empieza a llorar y el tiempo se echa encima. Los dos jóvenes tienen que desplazarse a Teo, su lugar de residencia. Hacer la comida y acostar al niño. Tienen tiempo por la tarde para dedicárselo a su hijo. Eso, tal y como explica Xosé, es la clave de todo: los niños deben ser educados en familia, con sus padres y compaginar la guardería con la casa. La pareja confía en poder darle un hermano a su primogénito. Pero, de momento, con uno basta. El niño, sentado en la silla del coche, llora desconsolado. Pero sus padres ríen de alegría.