Estados Unidos asume la exaltación patriótica como legado del 11-S al cabo de nueve meses de los atentados El país que quisiera ser el más seguro del mundo, los Estados Unidos que el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, visita estos días convidado por un foro de estadistas que analizan las perspectivas de desarrollo de Latinoamérica, sigue esperando respuestas que la Casa Blanca no puede dar. Nueve meses después de los atentados del 11 de septiembre, la normalidad que los ciudadanos pasean por las calles de Chicago apenas alivia esa sensación de alerta. Cada pregunta indiscreta en el aeropuerto, cada huella de la prolífica imaginería de las barras y las estrellas, son punzantes llamadas a George Bush para que eleve la guardia. Pero sobre todo, son pruebas de unidad ante el frío aliento de un peligro imprevisible.
09 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.S. LORENZO CHICAGO. Enviado especial Los souvenirs de los atentados que el 21 de septiembre pasado conmocionaron al mundo arrasan en Chicago. Las vistosas postales de las torres Sears se amontonan en las librerías, junto a las camisetas del Hard Rock Café local. La bandera de los EE UU, más que nunca como icono de lo absoluto, es objeto de un fervor comercial insólito. En tazas, en colchas, en pantalones, en las ventanillas de los coches y, por supuesto, formando coloristas ramilletes en las farolas y en cada edificio. Pero, para verlas, hay que abandonar antes el aeropuerto. Es sábado por la tarde en el aeropuerto de Chicago, noche en España. El vuelo de Iberia 6275, entre Madrid y la capital del Medio Oeste, aterriza después de un trayecto de nueve horas sin incidencias. El embarque en Barajas es cómodo. Nada de controles exhaustivos. Justo al entregar el billete, una pareja de la Guardia Civil, a pie de escáner, solicita aleatoriamente a los pasajeros su equipaje de mano y les pasan un detector de metales sobre las ropas. Buen «rollito» Alguien quiere encontrar una explicación rápida al buen rollito en la vigilancia. Al parecer, los aviones que realizan rutas transoceánicas quedan invalidados para determinadas maniobras suicidas, porque llegan a destino apurando al máximo el combustible. Claro que aún falta pasar los controles en el aeropuerto de Chicago. Dicen que la seguridad ahora obsesiona a los norteamericanos. El agente de turno que escudriña el pasaporte lo corrobora. Es un afroamericano del tamaño de un armario de tres cuerpos y con más letra tatuada en sus fornidos brazos de la que tiene la propia Constitución estadounidense. Comienza el interrogatorio. «¿A qué ha venido usted? ¿En qué clase de trabajo? ¿Para qué tipo de medio?». El periodista le responde que ha viajado al país del Tío Sam por motivos de trabajo. Le dice su profesión y especifica que trabaja para un periódico. El agente prosigue el tercer grado. El periodista le cuenta que mañana (por hoy) enlazará con otro vuelo hacia Washington. Jugar a detective El dato que le faltaba. Tanto ajetreo anima al policía a jugar a detective: «¿Pero qué información va a cubrir usted en Washington?». «Una reunión del Círculo de Montevideo». El agente hace una mueca como el que no ha oído en su vida, no ya el foro, sino el nombre de la capital de Uruguay y devuelve el pasaporte al periodista. Al final, no ha sido para tanto. En media hora lo sueltan a uno al país de las libertades.