LOIS BLANCO LÍNEAS SECUNDARIAS
22 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Veintitantos siglos atrás, los habitantes del noroeste eran tocados por los dioses si alcanzaban los treinta y cinco años. Una longevidad común para aquellos tiempos, de la que no se escapaban ni hombres poderosos ni habitantes de zonas más civilizadas del mundo. El rey macedonio Alejandro Magno murió en una puesta de sol a los 33 años. La esperanza de vida se triplicó desde aquellos tiempos. En la última mitad del pasado siglo, una revolución silenciosa se ha asentado en los países desarrollados, que invierte su pirámide poblacional y amenaza con quebrar el equilibrio de los estados entre ingresos y pensiones. La situación en Galicia alcanza tal envergadura que la comunidad ya desborda a día de hoy las previsiones más negativas que realiza la ONU para el 2050 en Europa. Pero convertir a los viejos en un problema social, además de vil, es una tergiversación. Porque el auténtico problema es que un país carezca de la capacidad de mimar a sus mayores. La construcción de geriátricos o la asistencia domiciliaria sólo cubren la etapa final de un anciano. Si una revolución ha envejecido la población, otra habrá que iniciar para que la sociedad integre a los viejos y cuente con ellos para mucho más que para cuidar nietos y llenar autobuses hacia Benidorm. Galicia no puede arrugarse ante la arruga.