Fraga impone a su gabinete un estricto plan de trabajo en el retiro que acaba hoy
24 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.OS veintidós religiosos que integran la comunidad cisterciense del Mosteiro de Santa María han cambiado este fin de semana peregrinos por conselleiros. La Xunta ocupa las cuarenta plazas reservadas en el recinto para una hospedería que responde a la austeridad de la vida contemplativa que, desde el año 1142, predica la orden del Císter en el cenobio del municipio coruñés de Sobrado dos Monxes. Las habitaciones carecen de televisión, porque para dormir basta con la cama. A la comunidad le compensa la visita. Además de pagar la modesta tarifa de alojamiento -pensión completa por 4.000 pesetas (24,04 euros) al día-, la llegada del Gobierno autonómico asegura una mano de pintura y algunas mejoras en las instalaciones. Pero la presencia de Fraga, su gabinete y el personal de apoyo que movilizan apenas altera el quehacer diario de los monjes. La jornada comienza a las 4.45 horas y se prolonga hasta las 21.45. Los religiosos distribuyen su horario en función del cometido principal: la búsqueda de Dios. El trabajo físico está supeditado a la oración, pero tienen con qué entretenerse. La comunidad regenta una vaquería con 175 reses y una escuela de ganadería. La entrada de un camión cisterna de la cooperativa A Lagoa acredita que la explotación funciona, y que el beneficio queda en el pueblo. Tres vecinos de Sobrado están empleados en la granja. Mermeladas y miel Además de la venta de leche, los monjes elaboran mermeladas de frutas y recolectan miel, productos que ponen a disposición del público en la portería del monasterio. También cocinan. Ayer prepararon para sus huéspedes ilustres caldo y carne de ternera asada. Fuera de los sólidos muros, el ajetreo de policías, escoltas, chóferes y periodistas ambienta bares y comercios y reconforta a sus propietarios. Alrededor de la plaza que da acceso al cenobio se extienden dos cafeterías, dos oficinas bancarias, un estanco, el hotel del lugar y un supermercado que hace las veces de quiosco y de bazar. En su interior es posible comprar desde la edición española de Le Monde Diplomatique hasta una rumbosa gorra con la leyenda «Estuve en Sobrado de los Monjes y me acorde de tí». Siempre hay un término medio. Es lo que sugiere el alcalde, el popular Jacobo Fernández, cuando repasa en voz alta las necesidades que le planteará a don Manuel en el almuerzo con que la Xunta ha agasajado a la corporación. La demanda principal afecta, cómo no, al monasterio. El regidor pondrá a Fraga al tanto de un proyecto de una escuela taller para recuperar el entorno. El operativo de la policía autonómica es discreto, pero severo. Quince agentes se relevan en tres turnos. Una videoconferencia matinal y la recepción a un grupo de peregrinos de la Universidad Francisco de Vitoria, de Madrid, sirve de recreo a Manuel Fraga. Pero los conselleiros se han perdido un sábado de playa.