En un artículo cargado de ironía irlandesa o de retranca gallega -son tan parecidas-, el periodista Frank McNally planteaba un desafío: cambiar el animal que es símbolo del milagro económico por una especie más irlandesa. Su apuesta era el salmón, que en la cultura céltica era fuente de sabiduría. La otra cara de la moneda del milagro económico irlandés, quizás más salmón que tigre, tiene tres apellidos: exclusión social, inflación y déficit de infraestructuras. Sólo hace falta ver el lamentable estado de la carretera Dublín-Limerick para darse cuenta de la brecha que separa a Irlanda de Europa en red viaria. El coste de converger con la UE en infraestructuras se aproxima a los 15.000 millones de euros (2,50 billones de pesetas), lo que supone más del 2% del PIB irlandés. Los críticos del tigre celta indican que se debe repartir entre los excluidos del milagro económico los beneficios del progreso. Además, la inflación, que se aproxima al 4%, es una de las más difíciles de controlar de Europa. La dependencia del capital extranjero conmovió a los irlandeses tras los atentados del 11-S y Eire empieza a experimentar cierres de factorías. Pero todos estos problemas sólo son tormentas en un vaso de agua si se compara la situación actual con la de hace veinte años. Irlanda ha vivido un milagro económico y los economistas le auguran un futuro estable.