DEPORTIVO Tristán en el ojo del huracán. Diego necesita marcar un gol ya, antes de que sus tímpanos revienten entre los silbidos. El encuentro de esta tarde es el primero desde que la grada de Riazor requirió a Irureta la cabeza del algabeño.
19 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Desde entonces -no demasiado tiempo, es verdad- Tristán no ha realizado declaraciones. Está dolido. Cree que sus goles están por encima de la indolencia que le recrimina el público. Esta tarde, de nuevo, el aficionado deportivista tendrá la oportunidad de poner el pulgar hacia abajo, o hacia arriba. Diego volverá a pasar por otro juicio sumarísimo. El andaluz está en un momento importante de su carrera. Justo en ese tramo en el que se gesta un crack o ese tipo de jugador que aparece y desaparece. Y en este camino surgen obstáculos que sólo los verdaderamente fuertes superan. Diego es un compendio de cosas buenas y malas, cuya balanza sabrá valorar la afición. Diego y los méritos deportivos. El éxito le ha llegado a Tristán antes que sus merecimientos. Ha marcado 45 goles en Primera División. Pero realmente, su experiencia se reduce a dos años en un equipo de élite. Su único título es una supercopa. Irureta tenía razón, no ha ganado nada. Pero su entorno, los medios y él mismo, que es mayor de edad, le están haciendo vivir en una burbuja irreal. Trabaja como si ya hubiera llegado y no como si tuviera que llegar. Una diferencia notable y peligrosísima para el jugador, a pesar de que haya muy pocos delanteros con semejante cifra de goles en sólo dos temporadas y media. Diego y el glamour. Alrededor de Tristán se están generando otras cosas. Comienza a ser un personaje que supera al futbolista. ¿Cuántos jugadores del Deportivo han sido entrevistados en Interviú? Se hacen montajes televisivos en los que se le compara físicamente con el cantante de Estopa, es portada de diarios deportivos, meta o no meta goles, juegue bien o mal, su nombre aparece en cada tertulia, sea o no futbolística. Su rostro vende, su nombre también. Entre él y el fútbol comienzan a introducirse interferencias. Diego y los goles. Los ha marcado de todos los colores y en cantidad. Parece difícil que un jugador como él pueda pasarse más de seis partidos sin marcar. Tristán es, potencialmente, el mejor delantero centro del fútbol español. Y está en el Dépor, un lujo que hay que saber administrar. Diego y la avaricia. Lo quiere todo. Es como un niño egoísta. Ansía todos los minutos, todos los disparos, todos los pases... ¿Y a cambio? Goles. Tristán promete goles si se le deja jugar. Los hechos demuestran que los da, pero no ha madurado lo suficiente como jugador como para sobrevivir a las épocas de secano que todos los delanteros padecen. El algabeño, cuando moja es una carga pesada para el rival. Cuando no moja, también es una carga pesada, pero para su propio equipo. Diego y las palabras. El público le silbó y él decidió no hablar. En cambio, en otras ocasiones, Tristán ha salido a la palestra envuelto en polémica por sus declaraciones. Fueron varias las veces en las que eligió el camino de la palabra para sus opiniones, o sus malestares: «Intento darlo todo. Créanme. Me esfuerzo». «¿Por qué no tengo derecho a desear tantos minutos como Manuel Pablo?». «Con cambios así, no se gana un partido». «Jugar el Mundial sería bonito, pero no es una obsesión. Lo importante es jugar en el Deportivo y el bien del equipo». «Aquí es difícil ser pichichi sin jugar todos los partidos». Diego y la solidaridad. Nueve jugadores pelean por recuperar el balón hasta que lo consiguen. Se lo dan a Tristán y éste lo pierde con una facilidad insultante. Diego, a veces, olvida la esencia colectiva de este juego. Claro que él piensa que sus goles son compartidos por todos.