Treinta personas se turnan para controlar los buques que pasan en un tramo de 30 millas de costa Durante 24 horas al día, los 365 días del año, hay un «ojo» que todo lo ve en un tramo de 30 millas de la costa gallega. Es el «Gran Hermano» que vigila la «autopista» marítima de Fisterra, por la que discurren 45.000 buques al año, algunos con una carga «maléfica».
08 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El Gran Hermano del tráfico marítimo está en la cumbre del monte Enxa, en Porto do Son, a 543 metros de altura, que se alcanzan tras serpentear por una vía que, a su derecha, deja ver la falda de Barbanza. En la cima sopla un viento que pela. «Tienes suerte, esto suele estar cubierto de niebla», dice José Pose, jefe del Centro de Salvamento Marítimo Fisterra. Pero hoy está despejado, tanto que se ve el Finis Terrae. Se diría que no hace falta la moderna tecnología para avistar a los mercantes que circulan por el dispositivo, pero no se ve ninguno. Quizá sea día de poco trabajo. Craso error que se enmienda al situarse ante una pantalla gigante llena de símbolos: -¿Todos esos cuadraditos amarillos son barcos? -¡Claro! ¿Qué creías? -No me esperaba que el corredor fuese como Alfonso Molina en hora punta. Pero así es. Entre las líneas del separativo que se dibujan en la pantalla hay sembradas decenas de cuadrados amarillos y cada uno representa a un mercante. La figura se colorea de rojo cuando el barco navega en rumbo de colisión. En ese caso, la torre contacta con él y comprueba si el peligro es real o sólo un efecto del radar. Y es que «la máquina no es el ojo humano». Sólo proporciona símbolos que interpretar. Entro en el epicentro del Gran Hermano. Tres personas se sientan ante las pantallas y una intercambia con una voz metálica palabras en inglés, pero no capto la conversación. «No pasa nada, habrá más oportunidades». Y es que el dispositivo de Fisterra es uno de los cinco en el mundo que llevan asociado un servicio de vigilancia de tráfico (VTS). Eso implica que todo buque que acceda al corredor esté obligado a contactar con el centro y dar su posición. Lo que ahora es rutina, costó convertirlo en costumbre: «Al principio nadie llamaba». Suena una alarma y el controlador saluda a una voz que inunda la sala. Es el Centaurus: zarpó de Namibia y se dirige al canal de la Mancha. No lleva carga peligrosa. Todo queda grabado en audio, vídeo y por escrito, «por si pasa algo», dice prudente Pose.