Generación botellón

S. BASTERRECHEA A CORUÑA

GALICIA

Los adolescentes «toman» la calle cada fin de semana para mojarse en alcohol

24 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

No son los peces en el río, pero muchos adolescentes beben, beben y vuelven a beber. Tienen entre 14 y 18 años, no se despegan del móvil que recarga papá, visten a la última, y se atrincheran el fin de semana en plazas y parques para rendir culto al botellón. La Coca-Cola rebajada con tinto y la cerveza de litro son las reinas de la fiesta. No van de bares. Las consumiciones son demasiado caras y la Generación se busca la vida con bebida barata para mezclar. Con mil pelas cada uno, barra libre. Aunque los chavales son asiduos de las sesiones de tarde en la discoteca, el 20% escoge la calle para divertirse, haga frío o calor. «Aquí se hace bastante, pero si te das un rule por España, flipas. Madrid y Andalucía es todo botellón», afirma Lucía, que juega con la pajita de un litro de vodka con limón, un lujo a 1.200 pesetas (7 euros). Tiene 17 años y le cuesta recordar su estreno en el alcohol: «Creo que fue en mi primer fin de año, cuando tenía once. Sólo probé, beber, beber sería con quince». «También hay noches que no tomamos nada», dice Tania, su amiga. Según una encuesta del Plan Nacional sobre Drogas, las chicas beben con más frecuencia, pero los chicos lo hacen como cosacos. Ni ellos ni ellas ven tanto peligro en un lingotazo como en consumir otro tipo de drogas. El 88% percibe el riesgo asociado a la heroína y a la cocaína, pero sólo el 42% cree que consumir alcohol acarrea problemas serios. Si se les pregunta por qué beben, su respuesta es directa: «Nos gusta y nos lo pasamos bien». No se improvisa La operación botellón no se improvisa. Llega el fin de semana y los adolescentes visitan los supermercados para avituallarse de las bebidas. La mayoría cena en casa, y la hora de salida aumenta con la edad. Los quinceañeros quedan a partir de las ocho de la tarde; los que rozan la mayoría de edad no empiezan la noche hasta después de las once. La madrugada se estira también más que nunca. «A mí ya no me ponen hora y si no voy a llegar hasta por la mañana, los aviso para que no me esperen despiertos», comenta Lucía.