Penamoa, donde el ataque de una rata es un accidente doméstico

La Voz

GALICIA

ALBERTO MAHÍA / EN DIRECTO El bebé que fue mordido en la cabeza por un roedor en una chabola está fuera de peligro

21 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

No hay arquitectura humana más voraz que Penamoa. Las ratas son allí legión. La basura aprieta como un cinturón las viviendas. Ese ángel nacido en el infierno comparte con sus padres y hermana una pequeña casa de chapa y cartón a la entrada del poblado. Sólo una bombilla cuelga pelada del techo. El viento aúlla en el tejado. En invierno, el frío taladra los huesos. En verano, los cuerpos arden al sol como leña seca. A pesar de todo, su chabola es de las más presentables del asentamiento. Su abuelo es un ejemplo, un buen vecino, evangélico y trabajador. Él es quien habla y manda callar. Chasquea la lengua, anuncia un discurso. Seguramente un discurso duro y justiciero: «Mi nieta está bien, sólo fue arañada. Su madre estaba allí y rápidamente la llevó al hospital. Que nadie diga lo contrario». Y luego repite varias veces: «Dormía en una cuna tan bonita como la de cualquier otra niña, perfectamente cuidada por su madre, que no se despega de ella ni un momento». ¿Comparable a un accidente doméstico? En Penamoa, insisten, ser mordido por una rata es un desgraciado accidente. Es una de estas malditas cosas que tiene la ley del suburbio. La cumplen como una sagrada escritura alrededor de cuarenta familias. La mayoría llegó al poblado en 1980, después de recorrer varias zonas de la ciudad como una reserva nómada. El ayuntamiento les buscó un lugar definitivo y les construyó viviendas. Desde entonces, todo ha empeorado. Natalia vive en la parte buena de Penamoa, en la de abajo, donde la droga no está tan a la vista como en la parte de arriba. En la mala, los asistentes sociales deben ir acompañados por policías. También los barrenderos -ya fueron varias veces apedreados-. Pocos niños van al colegio. Tal vez porque la ley del suburbio mantiene un litigio de años con el cuerpo docente. Los que no venden droga trabajan en la chatarra, aunque de un tiempo para aquí han encontrado en la venta de ropa otra salida laboral. Estos últimos, sí quieren irse, abandonar para siempre ese lugar de basura y miseria. Piden ayudas, casas, lo que sea. Pero tendrán que esperar a que la carretera de la tercera ronda pase por el poblado como la navaja de un barbero. Entonces, tendrán que buscarles un sitio en el que vivir. El ayuntamiento todavía no sabe dónde realojarlos. Piensa en ayudas. Se habla de costearles la mitad de una vivienda. ¿Pero dónde? Ningún barrio de la ciudad los quiere como vecinos. Sin ir más lejos, hace apenas dos meses los residentes en monte Xalo se manifestaron contra la llegada de una familia gitana. Sabían que en otras zonas de Galicia las protestas habían funcionado. Todo eso ocurre a diez minutos de coche de la plaza de María Pita, donde tienen una difícil papeleta que resolver. Por encima, la reciente muerte de Aquilino Borja, el Rey de los Gitanos y hombre de diálogo y respeto, dejó el poblado sin su interlocutor más válido.